Pedro de Felipe del Rey

Cuentos y poemas (I)
UN SUEÑO

Después de haber pasado tres días con sus noches sin poder dormir por estar en un larguísimo y accidentado viaje cambiando de aviones, trenes, taxis y otros medios rarísimos de transporte, habiendo dado casi la vuelta al mundo, me dormí profundamente y soñé que me había muerto y, tumbado de espaldas bajo tierra, descansaba plácidamente, mientras los gusanos y las lombrices se paseaban por encima y por dentro de mi cuerpo. Una gruesa y larga lombriz se metió por un ojo, se paseó por el cerebro y salió por la nariz; volvió a entrar por la boca, bajó por la garganta hasta el corazón, en el que entró por una aurícula, salió por la otra y continuó arrastrándose hasta salir al exterior del cuerpo por donde había entrado; volvió a entrar por el ombligo, se paseó por entre los intestinos hasta que salió por el ano; volvió a entrar por la uretra y salió por la asila derecha. Mientras tanto, yo descansaba a pierna suelta; jamás había dormido tan profundamente. Después vi que un montón de pequeños gusanos me comían los ojos; entraban por ellos y salían por los oídos y por las fosas nasales y volvían a entrar por la boca y salían por los ojos. Luego, una larga fila de hormigas entraba por un oído y bajaba hasta el corazón; cada una cogía un pequeño pedazo de él y salía por el otro oído; en poquísimo tiempo, no dejaron nada del corazón. Después, en el lugar donde estaba el corazón, hizo su madriguera una pareja de ratones; pronto nacieron media docena de ratoncillos, que correteaban por el interior de mi cuerpo y salían y entraban en él por el ombligo. Un topo, que iba perforando su galería en la tierra, legó a mi cuerpo y siguió perforando hasta que me atravesó las costillas, los pulmones, el hígado y salió por el otro lado de mi cuerpo. Por el agujero que había dejado el topo al salir, entró una multitud de gusanos y de hormigas, que, en un momento, se comieron todo lo que quedaba de mis órganos y, después de dejarme totalmente vacío, salieron por el agujero que había entrado el topo. Enseguida llegó otro topo, que entró por el tobillo derecho y me dejó el pie casi separado de la pierna, por la que subió perforando su galería hasta el vientre, lo atravesó y, por la garganta, llegó a la cabeza, desde donde, tras atravesar el alma, salió por la coronilla. Después, un gran animal, que escarbaba en la tierra, llegó hasta el pie que estaba casi desprendido de la pierna, lo cogió y se lo comió; siguió escarbando hasta que encontró el otro pie, lo agarró con su boca y, tirando de él, me sacó de la tierra. Un escorpión, que estaba allí, me picó en la rodilla derecha. Enseguida vino una bandada de aves carroñeras; todas empezaron a arrancar pedazos de mi cuerpo y, en un momento, me comieron totalmente; sólo dejaron los huesos pelados; éstos permanecieron allí muchos días sufriendo las inclemencias del tiempo, mucho frío por la noche y mucho calor por el día, más las lluvias y los granizos de las tormentas. Después de muchos días, llegó un labrador que recogió mis huesos y los quemó, para que sirvieran de abono en su tierra; eso es lo que él dijo para sus adentros. Cuando estuvieron mis huesos hechos ceniza, la cogió el labrador y comenzó a esparcirla a boleo por su finca; al tirarla por el aire, una parte de la ceniza correspondiente a la cabeza fue a caer sobre una piedra; el impacto fue tan violento que me despertó; entonces me hallé sentado en el borde de la cama y vi que tenía la cabeza partida por la mitad; los ojos estaban colgando y el cerebro se había deshecho al caer contra el suelo. Al verme así, pegué un grito y me quedé como estaba.

LA IGNOMINIA

La ignominia celebraron,
que en Utrecht se consumó,
a España allí se robó,
a España allí expoliaron.

El Peñón allí robaron,
el inglés se lo quedó
y nunca lo devolvió,
aunque de ello mucho hablaron.

Ahora celebra ufano,
en su paraíso fiscal,
tres siglos de aquel atraco,

En el centro del verano,
una fauna abisal,
do cada cual llena el saco.

*******************

Que España saque el tratado
y aplique lo que está escrito,
y delimite el circuito
tal como está estipulado.

Que se levante un vallado,
hincándose cada hito,
según consta en lo subscrito,
por el límite indicado.

Que el inglés salga volando
por su pedazo de cielo,
por encima de la valla.

O que se marche nadando,
aunque sea por el hielo,
pues ya es hora que se vaya.

 

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