Víctor Manuel Martínez Peña


LA GÓNDOLA AZUL ©


 

Dedicatoria:

La novela se desarrolla de una manera pictórica entre paisajes característicos de la España incipiente, en medio de la resolución democrática y deliberada, tomando como marco el compromiso político que aboga por la monarquía y una aceptación de todas las ideologías y religiones. El que esto escribe no pretende inventarse nada nuevo, lo único que intento es crear un margen lírico y risueño dentro del papel que desempeña el personaje autobiográfico en el abanico multirreligioso de la actual península creado en el soporte de la solidaridad y basado en el respeto hacia las libertades individuales y colectivas.

 

Quiero expresar mi agradecimiento a aquellas personas que si bien es verdad, no sólo han ayudado colaborando con la presente obra, a su realización y también a mi trabajo en equipo sino también a su compromiso con los más desfavorecidos. No puedo dejar de mencionar singularmente a mi hermana y amiga Olga Emilia y su marido Nino que con tanto acierto contrajeron matrimonio en la Ermita de los Remedios, a Eugenio por su aliento incondicional aun en los peores momentos y a su mujer Angelines por su calidad excepcional en su labor de enfermos. Al director espiritual del seminario de la Diócesis, y a un sin número de personas y amigos que estrechamente están tan unidos a mí y tanto me han ayudado, mencionaré entre ellos a María José, Alfonso, Mercedes, Villalta, Angel y su hermano, bubi, a mi tío Mariano, al bibi, a Cáritas Diocesana, y un largo etc... sin olvidarme de mencionar a mi Madre y a todo Tres Cantos.

Por último decir que la presente autobiografía es contemplada como un paseo a lo largo de un camino en que el personaje va dejando pasar la vida sin recuperación del momento presente y que no es una vida y milagros del autor. Con esto no quiero decir que no haya una mezcolanza de acontecimientos y fracasos pero sí invitar al Virginio en la fe, a explorar sin máscara sus sentimientos más escondidos e identificarse con el personaje que más le recree. Esta inscripción debería rezar en mi tumba: Aquí yace... la vida de... basado en hechos reales. Algunos nombres han sido cambiados para proteger la identidad en cuestión, todo parecido es fruto de la mera coincidencia.

 

PRÓLOGO

 

El que esto escribe no pretende inventarse nada nuevo, lo único que intenta es crear un margen lírico dentro del espectro plurifacético que desempeña la actual península en el marco de las libertades individuales y colectivas. Intencionadamente he omitido un comienzo puramente descriptivo por considerar un primer acto en el que se resalte en primer plano el carácter autobiográfico de la obra presente.

 

Quiero expresar una larga lista de agradecimientos sin la cual no hubiera sido posible escribir esta novela entre los cuales están en primer lugar, y singularmente a la Adoración Nocturna por haber adquirido un compromiso tan fuerte con esta obra; agradeceré al director espiritual del seminario de Madrid su labor desde la presente obra; también mi agradecimiento a Angustias y a Raquel por su estrecha relación con la presente novela; a don Antonio; a Maribel que posiblemente sin su ayuda no hubiera conseguido terminar el presente relato. A Juan ya fallecido del grupo literario Encuentros; a Cecilia; a mi tío Mariano, Eugenia; a Teresa; a Marisa; a Ascensión; al padre Gil y por último a la que sin su valiosísima ayuda no hubiera conseguido editar esta obra y a la que deseo dedicar un cariñosísimo saludo: María Victoria Peña Albares.

 

Quiero decir por último que el presente relato está basada en hechos auténticos y reales, sólo se ha cambiado los nombres para proteger el derecho de intimidad así como algunos aspectos de la cronología.

INTRODUCCIÓN

 

Cuando digamos, a la altura del siglo XXI; lleguemos a encontrar la solución al problema del genoma humano se habrá hallado todo el patrón completo del cerebro humano y entonces se conseguirá fabricar el subsiguiente producto enzimático-precursor- del compuesto de la droga de la eterna juventud.

En aquel entonces todos los comportamientos de la psique se hallarán estandarizados por robots que mediante las instrucciones del gran comité se analizarán registrados por la marca 666 que posean las personas en la mano la frente o la cadera. Dichas personas están llamadas a conseguir esta droga, quedando al margen el resto de los mortales a la espera del CRISTO, fundador del cristianismo, produciéndose una cruenta lucha por conseguirla burlando el control cibernético del gran consejo.

En un pueblecito de Colmenar Viejo todavía no se sabe nada de lo que está por acontecer viviendo nuestro personaje, Bruno, una experiencia a caballo entre San Pablo y San Francisco que le marcará definitivamente entre la zarza ardiendo de que nos habla el libro bíblico de la revelación de Moisés. El cielo nunca había sido tan azul y la primavera tan florida cuando se embarcó nuestro personaje por los campos y campiñas de una tierra tan llena de esperanza para el devenir histórico del próximo milenio. Una mañana se despertará el ungido y contemplará el rostro tan temido y nunca revelado del verdadero Dios vivo.

Mientras tanto el anticrísto se adueñará del poder necesario para arrastrar consigo al hades a los suyos.

Unos pocos quedaban en el planeta para coger el relevo dejado desde tiempos inmemoriales por hombres cristianos que quedándose al margen de la tan poderosa droga sólo luchaban por sobrevivir al caos reinante.

PRIMERA PARTE

 

PRIMER CAPÍTULO

 

Bruno estaba sentado en la mesa ricamente cargada de alimentos de la masía. Frente a sí, un dulzón cola-cao en una taza grande y una gran porción de pastel integral, que habían sido generosamente ofrecida, por la familia que componían a sus habitantes en la casa.

Él no sabría hasta después, que ellos eran los propietarios de la masía, que Bruno había estado visitando anteriormente, cuando todavía no le habían señalado la gente del lugar, este casón. Ahora habían entablado una conversación acerca de su morador.

-¿Has venido de visita Bruno? . Le inquirió el hombre de la casa. Sí, contestó Bruno. -¿Habrá sido un largo viaje hasta aquí? . Preguntó Ricardo, de manera afable. Bruno no sabía a donde conduciría la conversación, decidió dar un giro para no hablar de Juan el morador de la masía, que había tratado de alquilar. Juan era un hombre corpulento y no reparaba en modales, nada convencionales ya que, había creado una comuna en la que colaboraban gentes de un pueblo de lejos y que anteriormente, habían vivido en la ciudad. Eran gentes hospitalarias, que habían formado su pequeño pueblo.

Santiago el zapatero, era más alto que ninguno y de cara inocente. Tenía las manos hechas para el cuero y era muy hablador. Se pasaba las horas escuchando música, que unos amigos del pueblo componían en un viejo local.

Antonio era el que llevaba el mulo de la rueca. Un mulo atado a una rueca se encargaba, siempre por las mañanas, de trillar el trigo que luego venderían en sacos de diez pavos el saco. Antonio era de mediana estatura y llevaba gafas, solía vestir vaqueros y una camisa a cuadros. Su profesión era la de albañil y en sus horas libres ejercía, para construir un pequeño abrevadero. Ese año sólo habían conseguido sacar cuatro sacos de trigo y Juan, se había mostrado especialmente hosco con sus compañeros de fatigas.

Bruno se daría cuenta de la situación y decidió no hablar de ello con Ricardo. Sobre todo por lo que había supuesto para Bruno, haber llegado andando más de cinco kilómetros por el camino equivocado antes de llegar al cruce con la masía. Había sido un contratiempo para él, y claro no lo iba a pagar con Juan. La verdad es que a Bruno no le importó haberse equivocado de sendero.

Mientras había salido del pueblo, le envolvía confundiéndose con el polvo del camino, un aroma de azahar y miel que había llegado a transformar sus más íntimos momentos, en pensamientos agradables. Un árbol siseante le producía una sensación de bienestar y placer junto con las vistosas zarzamora y los helechos de más arriba del camino. Subiendo por la pendiente la tierra rojiza y los frondosos pinares le traían el recuerdo de una niñez muy fustigada en sus recuerdos.

El camino de ida hacia la aldea, había sido presagio de lo que podía acontecer en ella y claro así sucedió. En el camino de regreso reflexionaría sobre Juan, Ricardo y los demás personajes de la comuna. Ahora en casa de los labriegos y propietarios de la masía, se había embebido en estas y otras consideraciones, cuando Ricardo le espetó con mucha audacia: -Entonces has dicho que venías ¿de dónde?- cortó el balbuceo de Bruno antes de dejarle continuar. Bruno como sorprendido en sus pensamientos no tuvo más remedio que contestar con presteza: -Vengo de San Miguel. -¡Ah!- repuso Ricardo, sin darle más importancia de la que se arranca un poco, para luego ponerse en otros quehaceres más urgentes. Bruno entonces retomando el hilo de la conversación, hablaría de su intento por vivir en la comuna y de cómo su oferta había sido denegada por culpa de la cosecha de ese año.

Había sido un año de intensa sequía ¡y por supuesto!, La merma de trigo con la que no contaban había sido decisiva para no admitir a nuevos miembros en la comuna. Ricardo no quiso avanzar mucho en la conversación y se limitó a un deseo de Buena salud y concordia para con Bruno. Este terminó el desayuno que le habían ofrecido y comprendió que había llegado el momento de partir. Ricardo hombre de edad madura, rondaba los 50 años, de buenas formas y de familia bien acomodada no escatimó en saludables maneras y con un -Buen viaje- y un apretón de manos, se despidió del viajero que ya se iba a recorrer nuevos caminos.

Apenas había salido del caserío, se sentía el bullicio de la gente en la piscina municipal y Bruno deseó de buen grado, pegarse un chapuzón, más como no había previsto un traje de baño entre sus enseres, se limitó a sentir la deliciosa brisa, que bajaba del monte y cubría el pueblo en su hora del mediodía. Cuando el sol estaba alto y apenas si las casas daban sombra. Cogió su equipaje, después de haber descansado un rato y prosiguió su camino, ruta hacia la ermita de San Antón.

Cuando llegó allí, paró y se quedó por un momento pensativo. Los recuerdos ahí, frente a la cruz de piedra se le agolpaban. Antes incluso de llegar hasta allí encontró agradables aquellos parajes y una vez, que hubo pasado la noche en la vieja masía, recordaba, había sido una noche estrellada la que había caído con un cielo cerrado de estrellas y por un instante, junto con Juan, habían cerrado los ojos para pedir un deseo. Bruno se daría cuenta de que los deseos de un instante a veces, poco tienen que ver con los más íntimos deseos del corazón. Un corazón lacerado en su infancia, cuando él, pensaba todavía en que las violáceas azucenas traían deseos que al pedírselos se le cumplían.

En una mañana rosada por un enjambre tupido de flores y chaparros, formarían un todo, sentido en lo más profundo de su corazón.

Era esa primavera de la niñez, la que exultaba ahora de risa en su mente. Al pensar, en cómo había encontrado poco eco su más ardiente deseo de pertenecer a la comuna que hacía menos de media hora abandonaría entonces.

Por otro lado también era cierto de que en un período muy breve, de apenas dos días con sus noches, no sería suficiente para experimentar lo vívido en toda su juventud, pero él buscaba los anhelos de su corazón desbocado entre los quehaceres del campo. Una vez allí, Juan lo trataría cortésmente en el establo como a un caballero de su alcurnia requería, aunque Bruno aparte de ser amigo de la naturaleza, era soñador y apasionado viajero por donde iba y eso, de formar un todo, con un ideal de la vida, le traía mártir. Él creía en Dios, pero en un Dios sencillo, sin grandes ceremonias y que fuera elección personal, nada impuesto.

Así que al cuarto día, se despidió de ellos con un -Alabado sea Jesucristo- emprendió el camino abajo, en medio de robledales y castaños. Su vivencia en el monasterio, había sido fantástica, pues había compartido buenos momentos con la escoba y los libros. La Eucaristía había entrado en su ser, como si de un milagro se tratara, pues sintió con toda su fuerza el milagro del Señor, en los corazones arrepentidos. Él era un corazón arrepentido, de malgastar su vida en credos que nada concluyentes, traían a su existencia zozobra.

Una vez fuera de allí, empezó por bajar un caminito espeso de una arboleda circundante muy monocroma. Los robledales confrontarían, con el cielo azul que daba, a la línea del horizonte, un decorado rupestre.

Lo que para Bruno había supuesto cuatro días en el monasterio, era toda una imantación en su mente. Pues en esos cuatro días había encontrado, todo un contenido en la fe, que no había encontrado en otro sitio.

Es cierto que a veces en un solo día, vemos lo que no hemos visto, en todo un año de búsqueda. Pero Bruno comprendía, que no sólo de pan vive el hombre, si no de toda palabra que viene de la boca de Dios. Esto se lo habían enseñado los ruiseñores y los lirios del monasterio. Ahora se encontraba esperanzado y dispuesto, para ir a San Miguel, donde tendría que encontrarse con el hogar del abandonado; para sumergirse en la existencia del viajero en lo que sería su última etapa en el camino.

Las vereditas estaban sembradas de tomillo y albahaca y más allá, los campos eran fecundados por amapolas rojizas.

Un pensamiento se sucedió a través de su marcha. Era agradable, sólo que le cuestionaba, en lo más hondo de su intimidad. Era esto tan así, según él los deseos hablan por el reflejo del rostro y a veces el rostro nos traiciona. Mágicos momentos en que la bondad y la búsqueda se encuentran y hermanan para hacer una labor conjunta. La búsqueda de sí mismo había sido una pauta constante desde que saliera Bruno de allí. Él había salido debido a su insatisfacción interior. La ciudad con todo su perifollaje no le traía más que incertidumbre y zozobra. Respiraba en el aire una mezcla de nitrógeno líquido y jabón asfixiante todo en un perfume diabólico que le tenía encarcelado en una penumbra en su pensión donde vivía.

Una habitación con muchos enseres, había llegado incluso a asfixiarle por eso cuando se le estropeó el televisor decidió deshacerse de él.

Sería su caja del tormento y su panacea, trágica paradoja. Las imágenes se le antojaban repetitivas y en las tardes más solitarias se quedaba drogado con la mente puesta entre las imágenes que había visto por la tele y la ópera que emitían por la radio. Todo ello echado en la cama y acusándose en la conciencia de ser distinto de la gente. El sufrimiento llegaría a más cuando por las mañanas encendía la radio y se quedaba medio extasiado con las canciones nostálgicas. Era un sentimental y él lo sabía. Pero le quedaban muchas batallas para librar todavía y eso no lo vería hasta mucho más tarde. El aire de San Miguel era un aire puro donde los torreones de las casas viejas se confundían con el claxon de los coches que circulaban por sus calles, pequeñas y de aceras angostas.

Apenas iban quedando toreros en San Miguel y los pocos que quedaban tenían que ejercer cuando iban por las aceras. Otros se buscaban otro empleo.

El día que soltaron a las vaquillas, todas en manada, Bruno se encontraba en medio de la plaza de toros y para acceder a un trago de sangría, tenía que pisar tierra antes de subirse a un descansillo que había en medio del ruedo y después de beber, salir corriendo antes de que los toros le alcanzaran hacia el burladero. Una mañana cuando más embriagado estaba, sus compañeros de cuadrilla -pues trabajaba de jornalero en el ayuntamiento- cuando se encontraron en la plaza de toros le soltaron un toro. Bruno ni corto ni perezoso, al ver salir frente así al toro, se agarró a su testuz y echando las piernas por encima del cuello lo aguantó hasta que el toro cayó de bruces al suelo, y se le rompió un cuerno. Bruno lo remataría dándole una patada en el cuerno sano.

Toda una hazaña que ahora, allí en la habitación, de nada le había servido. Más que aburrido se encontraba en una peligrosa descomposición de procesos mentales, que iban socavando su bulliciosa actividad cerebral. Lo profano se mezclaba con lo ritual y esto a su vez, con lo más delicado de su sentimiento. Apenas salía para comer y eso era lo más interesante que hacía durante el día. Por la tarde se quedaba en la pensión, torturándose por imágenes conflictivas, que no tenían solución, o poca cuando más. Y es que él no había nacido para vestir las ropas de los convencionalismos.

Dudaba del bullicio y de las fiestas en los antros que conocía, pero era una pescadilla que se mordía la cola. Porque él a media tarde salía para conocer mejor esos lugares, o para conocerse mejor.

Allí encontraba todos los arquetipos que odiaba por un lado, pero que por otro amaba. La tele, la radio y la gente, todo hecho una madeja.

Salía casi siempre de aquellos lugares, por que ya no podía más o porque a veces, encontraba a algún amigo con el que compartir sus esquelas agonizantes. Una vez vio, en el pueblo, un funeral y fue en el preciso momento en que salía el féretro de la casa, cuando a Bruno le dieron los siete males. Pensó que él dentro de muy poco como siguiera así, iría a hacerle compañía, y por eso decidió buscarse un trabajo.

Antes de salir de San Miguel hacia Mora lo encontró. Era un trabajo de "pelar gabachos", como a él se le ocurrió bautizarlo.

Consistía en descoser petates de los militares. Allí conocería a Guzmán un hombre joven y que tenía a su mujer de ayudante. Guzmán tenía la cabeza triangular, las muñecas robustas y las piernas cortas. Se dedicaba a trabajar aparte, haciendo pulseras de cuero.

Bruno siempre pensó que ellos les desquitaban algunos petates por él pelados, pero la realidad, era que cada uno tenía una llave y podía pasar de todo. Aquella tarde no era como las demás. Estaba sonando el órgano de la capilla que había contigua al almacén, donde Bruno, Guzmán y otros se sentaban con regularidad, pero cada uno a horas diferentes, el tabique era contiguo.

Un aire dulzón, servía de colchón celestial, a las armónicas notas que se desprendían del órgano y que vibraban en el aire con gozosa resonancia. Bruno reflexivo, una vez más como tantas, se embriagaba de las notas orquestadas por el sacerdote de la barriada. Su mente se detenía en vagos pensamientos. No podía desligar las notas policromas de la idea de una deidad, y esto apenas si constituía un placer palaciego.

Dios era su padre y su amigo. No existen ateos en las trincheras, lo que le hacía pensar en sus atrincheramientos frente a su vacío, y no es que no se resistiera a creer en Dios. Lo que pasaba es que aún no tenía definido en su mente por qué ese atrincheramiento, o esa claustrofobia que él sentía frente a ese concepto. Como tal idea era una idea encerrada en sí misma. Un concepto cerrado era lo que veía en la mente de muchas personas que él había conocido. Dios no es un concepto cerrado en sí mismo. Dios es un transcripto que traspasa todos los conceptos cerrados de cualquier mente conceptuada y conceptual. Si Dios no es un concepto cerrado porqué esa persecución religiosa que han llevado a cabo tantas religiones a través de todos los tiempos. Dios se dejó de perseguir cuando dejó, de ser un concepto o se dejará de perseguir, cuando no sea el concepto de pequeñas elites y grupos privilegiados y se convierta, en un Dios buscado, añorado, traspasado de su realidad conceptual y cerrada.

Cuando se atrincheraba no lo hacía por una postura cómoda respecto a la idea de un Dios genérico. Lo hacía porque se sentía bohemio y soñador y a veces se resistía a proseguir el camino que había que emprender para conocer a ese Dios a veces inalcanzable para Bruno.

Ahora Bruno se detenía en la Ermita de San Antón. Pues los recuerdos todavía palpitantes de San Miguel le dejaban pensativo frente a aquella realidad. Todo lo que le había sucedido en San Miguel lo tenía grabado en su memoria de una manera íntima y cuando apenas se detenía frente a Dios o cualquiera de sus iconos, las imágenes se le sucedían en el cerebro. Era una síntesis casi sacerdotal de acercarse al otro lado de la Góndola azul en la que viajaba de forma ensoñadora.

Lo vivía desde otra dimensión. Lo había mamado, de joven, ya adolescente y en la tierna pubertad. Sabía que Dios era amigo suyo. Él lo veía en sus amigos, en sus seres queridos, entre sus profesores.

Era un descubrimiento que tuvo en San Felipe, centro donde estudiaría hasta los 18 años. Lo del atrincheramiento o sus dudas, como él lo llamaba le venía dado. Era como la tentación de Adán en el paraíso.

Un buen día, después de imitar a Santo Domingo, su sabio favorito, en San Felipe, junto con otros dos compañeros, Moreno, niño ceñudo con las cejas bien perfiladas le invitaba a tirar su cartera con dos sandalias dentro y un trozo de pan con chocolate dentro de un pozo. Esto era un gesto de desprendimiento evangélico y después emprendían un viaje misionero alrededor del "mundo".

Volverían con hambre, sucios y fatigados de haber estado todo el día entero andando. Al menos descubrieron su vocación.

Ahora allí frente a la ermita recordaba estas y otras muchas peripecias de su apenas traspasada adolescencia.

Se persignó una pequeñísima oración. Pues sabía que algo de ermitaño había dentro de él.

Bruno contempló largamente el paisaje de una alborada, violácea, rojiza. Algo contristado sí que estaba. Sabía que tenía que volver a un lugar en que su añoranza le conducía a San Miguel de la Cantera y eso le producía escalofríos, porque sabía muy bien porqué había sido rechazado de la comuna. Las últimas palabras de Juan habían sido, el pronóstico de todo un año de espera para nada. O sea un adiós y buena suerte por su parte, muy poco generoso.

Durante el camino, el viajero se sintió risueñamente ligado a la Natura.

El sol estaba alto. No había nubes y el cielo en su cúpula, vibraba de azules en toda su claridad. La línea del horizonte invitaba a un devenir muy esperanzador. De no ser por los presagios que le traían en el camino de vuelta al Hogar del Abandonado.

Los montes bañados por la luz astral, se divisaban a lo lejos como montículos negruzcos.

Una espiga aquí, un riachuelo que cruzar y el camino se dibujaba como hermanado con Bruno.

Tuvo que andar muchos días y muchas noches y dormir al aire en las callejeas de los poblados que iría atravesando. Pero su espíritu se mantenía combatiente aún, cuando el sol caía de plano sobre la cubierta terrestre.

No era éste el mayor obstáculo para él. Para Bruno el mayor obstáculo, estaba dentro del corazón de los hombres. Allí se cierran y se abren todas las cosas, como capullos en flor, cuando son irradiados por un sol salpicante. Los resentimientos, los pensamientos y las emociones, aquí tienen todo su sentido.

El interior de los hombres, se abre o se cierra a las emociones que nos llegan de afuera, como si se tratara de algo palpitante dentro de nosotros. No suponer esto, pensaba él, sería estar definitivamente encerrado en sí mismo. Era ésta la idea que le angustiaba.

Él vivió en San Miguel, experiencias muy innovadoras, en cuanto al mensaje que trajo Jesús en el evangelio y pensaba que la vida era algo abierto; donde todo tiene que estar sujeto a consideraciones internas de vivencias propias.

Una roca es algo opaca y que no palpita. Está muerta. La idea de la muerte era lo que no lograba entender.

No es que se obsesionara con ello, sólo que en su interno sentir, lo vivía, como algo que pervive con la vida. Vida y muerte son una única realidad, si no hay un proceso de "ósmosis" entre una y otra.

O sea, que aunque se estuviera en un proceso de lucha, su vida era un auténtico cerco a la muerte.

Las jornadas se sucedían unas a las otras, confundiéndose con el polvo del camino.

Sus pensamientos empezaban a flotar en su mente y la verdad es que, haber hecho un viaje tan largo, para salir con las manos vacías le producía algo de desasosiego.

Había ido hasta Mora, porque fue presentado a Juan a través de un amigo de ambos, y una vez emprendido el viaje, parecía a simple vista que todo resultaría inútil. El amigo Bueno, era un personaje famoso en el barrio. Tenía la cara, haciendo un óvalo perfecto. Las cejas, no demasiado pobladas y tampoco era paticorto. Tenía 33 años y daba olor a multitudes. Fumaba ducados a los que les quitaba el filtro y era sabio en sus consejos. Tenía pelo crespo, manos laboriosas y encallecidas.

Bruno, no obstante, sacó aleccionadoras respuestas en su corazón insaciable.

De una parte, no tenía nada que perder, al hecho de ir hasta Mora. De otra, había supuesto, vivir el trasiego del verano, como siempre desearía realizar ya desde niño. Lo que tampoco sabía Bruno, es que esta experiencia le supondría toda una existencia.

Andarín, risueño y nostálgico, imaginaba que su presencia en la comuna, iba a ser lo contrario a lo que resultó, un agravio. Pero como dijo aquél, hay muchas torres todavía que derrumbar y eso era lo que suponía, Juan hacia Bruno. Un hombre torre, que le hablaba, en un lenguaje-Torre. La realidad es que allí, en la masía, fue recibido desde el primer momento como un rudo. Ni siquiera un rudo asalariado. Pero él colaboraba en las tareas de la rueca y el caballo. En plena jornada, soleada y calurosa. Luego, Juan el hombre carismático de la comuna, a eso de la hora de la siesta, se iba a recoger las panochas del huertecillo. Aunque también revisaba su plantita de marihuana, para ver si había crecido.

El caso es que, a eso de las cinco, Juan con presteza, invitó a Bruno a un baño en la poza. Bruno entusiasmado aceptó. Para su sorpresa, pues no había previsto esto y se fueron desnudos, hacia la fosa natural que hacia el río.

Después de sumergirse, Juan de golpe y Bruno hasta la cabeza, salieron a secarse al sol. Ya de regreso a la masía, vieron que las mujeres y los niños, se bañaban como vinieron al mundo, en una alberca que había en la aldea, toda ella hecha a mano.

Lo que no entendió Bruno, es que uno de los motivos, por los que tuvo que salir de la aldea, era que él veía a las mujeres, de sus maridos, desnudas y al sol.

Bruno no era retrógrado, lo que pasaba con esto, suponía para los maridos una grave falta de pudor. A lo que Bruno, respondería, que también él y Juan fueron paridos desnudos, que por lo tanto se bañaban aparte. La verdad es que, se consideraban hippies, Juan y sus amigos. Pero lo que vería Bruno en este acontecimiento, lo llamaría después, hipocresía simple y llanamente.

Llegó a Quintillana medio hambriento. Como era pobre, se acercó a un comedor social. Una vez allí, sintió al llegar, una sensación de alivio y gozo inesperado. Pues comprendería que había dejado atrás a los molinos de viento modernos, que se levantan ahora en los albores del siglo XXI.

Cuando conoció a las gentes del lugar, vería la sencillez y el aplomo con que conversaban entre ellos.

Página 13 del Libro Comtinuación..... 14 de mayo 2005

En medio de la sala que daba al comedor, un cuadro representando el descenso de Jesús de Arimatea y otros. Simbolizaba perfectamente, el estado maltrecho conque llegaba Bruno al comedor. A Bruno le inspiraba respeto, admiración y sobre todo, un goziño, como él mismo, expresaba con los gestos y modales.

Una pequeña comunidad de gitanos, eramejor tratados por las hermanas de la caridad.

Bruno descubriría en esta nueva etapa, del camino que el goziño sentido, en lo más hondo de su ser, estaba directamente relacionado con un Ser Gozoso, como es la Deidad. No es que él viera en todo la mano de Dios. De hecho así lo veía. Si no lo que ahora experimentaba, era totalmente nuevo, diferente a lo que viviera anteriormente.

Siempre se ha vinculado la idea del gozo en Dios, como un gozo que va de la persona hacia Dios. No obstante el gozo suele ser mayor en Dios por un alma arrepentida, que en nosotros. Bruno ahora sentía que Dios, había puesto todo su gozo en él. Era como saberse querido por Dios de manera unísona y directa. Ya no le cabía nada más dentro de él.

Ahora había llegado a experimentar, el sentido de la elección de Dios por los hombres: Bienaventurados lo que pasan hambre y sed de justicia, porque ellos serán hartos.

Al poco rato, la madre superiora, invitaba a los comensales a entrar en le pequeño refectorio.

Bruno, sabedor de la mística del gozo, experimentaba con hambre y después con hartura, como cada vianda de pan que les era servida, era un regalo de Dios. Él no estaba hecho para ocultarlo, y sin mediar palabra, después de una breve bendición, comenzó a comer degustando con gozo, los manjares de la mesa, con mimo.

Al cabo de algunas jornadas de reposo en el albergue, comprendería muchas cosas de lo que constituía, su relativa vivencia en este mundo asolador. Bruno sabía, en lo más encarnizado de su ser, estar entre grandes señores y pequeños aldeanos. Vivía cada sorbo de su existencia, como un catador experimentado en vinos. Un pequeño sorbo de éste, otro pequeño sorbo de aquél y a veces un trago del de más allá. Por qué no decirlo, cuando se embriagaba después de descorchar alguna botella, significaba que había encontrado. Resulta difícil la búsqueda, si no hay encuentro y un encontrar. Muchas veces, en la medida de lo que buscamos, está en estrecha relación con nuestro ánimo interior. No siempre buscamos donde tenemos que hacerlo y esto es, porque caminamos a ciegas en un mundo, rodeado de luces de artificiosas, que engañan y absorben nuestros sentidos. Generalmente cuando encontramos, suele ser porque nos hemos desprendido de la venda que rodea los ojos, con los que se ven las cosas materiales y nos hemos parado para contemplar una visión de lo que somos por dentro, desprendiéndonos del viejo capote que nos encubre de nosotros mismos. El mal siempre cae en sí mismo y tiene poca duración. No dura eternamente. No se debe buscar de fuera a dentro, si no al revés. Bruno se detenía muchas veces a reflexionar esto y otras consideraciones y muchas veces cogía un libro y se detenía en cada palabra. Como si de un relámpago se tratara.

Sabía con perspicacia, que no siempre lo que está escrito, a renglón seguido es cierto.

A menudo le solía pasar, que se detenía en cada glosa o en cada punto, para averiguar, que era lo que decía su letra pequeña. Él lo llamaría, la letra despacita. Una letra, que tenía el poder, de transportarle hacia otros siglos de diferencia. Así obraba con el libro que tenía entre manos. Ahora se encontraba en el paraíso. Donde el Ser divino supremo, le estaba contemplando, rodeado de ángeles. Seres que habían merecido el gozo, que Dios había puesto en ellos.

Así que cuando le servían una simple manzana de postre, la cogía con mucho trasiego y empezaba a comprender, que era más importante comerla con gozo, que mecánicamente.

Como si un calor divino le soplara desde la ventana del comedor. Él procedía, con el cuchillo, a hacer pequeños y reparadores trozos a modo del que modela, sus propios pensamientos, en la carne de la manzana. Se sentía examinado por ser asignado al gozo de su Señor.

Poco o nada le importó, que después de tres días, una vez cumplido el plazo de estancia en el albergue, le dejaran en la sala de espera con actitud de no darle más plazo. Él sólo pediría un último bocadillo, sin embargo la madre superiora sería inflexible con él.

El caso es que había, ella, intentado hacerle, razonar de que se fuera, al hogar del Abandonado, sin éxito.

Él sabía, que se dirigía hacia allí, pero lo temía.

Cuando salían los comensales del comedor, dando olor a gloria, de garbanzos arremetidos y apretados en el buche. Bruno pudo con el olor en el ambiente, que despedía el comedor, sin lograr el bocadillo. Así que se despidió, con un "hasta luego" y puso pies por medio, hacia otra localidad.

Antes de partir, se detuvo en la catedral de San Juan Evangelista. Allí sentado con un libro de tapas azules, leía la vida de lo que debía ser la comunidad de los primeros apóstoles.

El retablo de la catedral, representaba una curación milagrosa. Bruno entró por la parte lateral. Había un ventanillo. Después de contestar al Ave María "qué se le ofrece" respondieron.

Dijo que se dirigía al Hogar del Abandonado, para que le dieran alguna cosa de comer. Le pusieron en una bolsa algo de fruta y con un "Alabado sea Jesucristo" se despidió de la estancia.

Bruno se sabía consciente, del regreso que estaba emprendiendo hacia San Miguel. Sólo que no iba a ir directamente al Hogar del Abandonado. Si no que daría un rodeo, pasando por otros pueblos, para redimirse. Él se sentía en deuda con Dios y una manera de pagar, esta deuda era esa. Creía firmemente en la conversión, sería el único camino para alcanzar la vida eterna.

De allí se dirigió al Obispado, para despedirse del párroco de Burgos. A fuera hacía una temperatura de 5 grados bajo cero. Ya que cuando Bruno llegó a Burgos era en pleno mes de Enero. Dentro del Obispado se estaba calentado. Entonces Bruno entró en el retrete después de ser recibido por el conserje. Acto seguido cogió una capa, que era de éste, y se la colocó en el brazo. Cuando salió del W.C., el conserje, al verle con su capa, se abalanzó sobre Bruno y después de arrebatársela le dijo, muy indignado:

-"Eso me pasa por dejar entrar a gente indeseable".

A lo que Bruno contestó: -"Según dijo Jesucristo, al que quiera arrebatarte tu capa, no te resistas sino dale también el manto".

Con buen ánimo y un poco de frío, llegó a Pamplona. Según le habían especificado, en el plano que le mandarán, por correo a San Miguel, los de la nueva comuna a la que acudía, por mediación de Enrique. Un amigo del pueblo vecino a San Miguel. El pueblecito estaba a 35 minutos de la parada. Enrique, un hombre de pensamiento penetrante, tenía el pelo largo y vestía de forma hindú. Se habían conocido en San Miguel y era profesor de Taichí.

Hasta allí sólo se podía llegar en coche, o aprovechando el autobús de las 8 y media de la noche, que salía de la capital espartana y que le dejaba en el camino hacia el poblado. También le especificaron que llevara una linterna. Él la llevó.

Abrió la cerca del camino, pues era una propiedad privada. Se metió por el camino de vacas y con tres bolsas de viaje, se internó en el estrecho bosquecillo.

Cuando apenas llevaba 10 minutos andando, llegó a lo que parecía una roca, que daba a un salto de agua. Vio huellas de moto y pensó en seguirlas, pues -se dijo para sí-, me conducirán al poblado. Para su sorpresa, como al día siguiente por fortuna lo descubría, no era así.

Subió por una pequeña veredita muy empinada, para seguir la pista de los neumáticos.

Él iba, con tres bolsas de viaje y un maletín, que por desgracia se le había desprendido el mango.

Cuando empezó a subir, el dibujo de los neumáticos había desaparecido.

Total, que empezó a bajar el trecho que llevaba subido, pero al bajar, como era de noche se desorientó y fue a dar vueltas en redondo. Por desventura, por allí cerca pasaba un riachuelo, acunado en forma de túnel.

Entonces el terreno empezó a fallar bajo sus pies y se hundió, hasta el cuello agarrado a sus bolsas. Estaba enterrado. Creyó que se había quedado atrapado y soltando las bolsas, se agarró al ramaje de un arbusto, para poder salir de allí. Cuando salió de la trampa natural, emprendió el camino otra vez para arriba. Esta vez se hizo hueco por entre los arbustos y al llegar a un repecho, que formaría un claro en el terreno, se sentó. Empezó a sollozar por la experiencia, tan cruda por la que estaba pasando e inmediatamente acudieron las lágrimas. Se había equivocado de camino. Con palabras balbucientes, recitaba una oración embebiéndose en sus presagios. Echando cuentas, pensaba él, estabamos en febrero, no me he equivocado de camino y llevo mí casa a cuestas. Triste condición la de un sin techo. Desplazado de la sociedad, por no tener padres, ni apoyo familiar de ningún tipo. Para colmo, había salido de Burgos para encontrarse con el Dios de su fe, pues poco o nada le importaba ser aceptado en la sociedad; y ahora se encontraba allí. Finalmente le aceptó, como si de una noche oscura de la fe se tratara y continuó subiendo.

Página 17 del Libro Comtinuación..... 28 de mayo 2005

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