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| Soy un hombre cerrado, taciturno, poco sociable, descontento, sin que todo ello constituya una infelicidad para mí, ya que es solamente el reflejo de mi meta. De mi modo de vivir en casa se puede sacar alguna deducción. Vivo en familia con personas bonísimas y afectuosas, más extraño que un extraño. Con mi madre no he cambiado en estos últimos años más de veinte palabras de promedio al día; con mi padre, nada más que el saludo. Con mis hermanas casadas y mis cuñados no hablo en absoluto, sin que esto signifique que esté enojado con ellos. El motivo es sencillamente éste: no tengo absolutamente nada que decirles. Todo cuanto no es literatura me hastía y provoca mi odio, porque me molesta o es un obstáculo para mí, por lo menos en mi opinión". |
| EL VIEJO MANUSCRITO | ANTE LA LEY | Metamorphosis |
| SER INFELIZ | EL PROCESO(1914) | América (1913) |
| EL CASTILLO (1911-1914) | La condena | Un artista del hombre |
| La muralla china | El proceso | |
| El maestro de pueblo (1914) | Blumfeld, un solterón (1919) | La colonia penal (1914) |
| Descripción de un combate (1905) | Contemplación (1913) | Un médico rural (1919) |
| Una pequeña fábula | Cuadernos en octavas (1917) | Carta al padre (1919) |
| Diarios (1910-1923) | Cartas a Milena |
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Ante la ley hay un guardián. Un campesino se presenta
frente a este guardián, y solicita que le permita entrar en la
Ley. Pero el guardián contesta que por ahora no puede dejarlo
entrar. El hombre reflexiona y pregunta si más tarde lo dejarán
entrar.
Cuando ya eso se había vuelto insoportable -una
vez al atardecer, en noviembre-, y yo me deslizaba sobre la estrecha
alfombra de mi pieza como en una pista, estremecido por el aspecto de
la calle iluminada me di vuelta otra vez, y en lo hondo de la pieza,
en el fondo del espejo, encontré no obstante un nuevo objetivo,
y grité, solamente por oír el grito al que nada responde
y al que tampoco nada le sustrae la fuerza de grito, que por lo tanto
sube sin contrapeso y no puede cesar aunque enmudezca; entonces desde
la pared se abrió la puerta
El castillo escrita entre 1911-1914, e suna vovela más
compleja y iscura. El protagonista, que llega a un castillo, quiere
penetrar en el misterio del recinto amurallado en búsqueda angustiosa
de algo que se nos antoja simbólico e indescifrable.
El protagonista principal de este relato de Kafka es Dios,
alrededor de cuya ausencia, que es su poderosa manera de manifestarse
necesario, de presentársenos como dueño y señor,
el escritor checo monta una delirante aventura tragicómica, que
comienza cuando unos guardianes de la ley aparecen en la habitación
del ciudadano Joseph K. para detenerlo. Lo curioso de este texto que nos mantiene enganchados
a los avatares que narra por mucho que éstos se nos presenten
como insignificantes, y en los que el autor se permite muchas digresiones
y entretenimientos, es que sabemos al comenzar la novela que el protagonista
es inocente tanto como que no podrá hacer nada para evitar ser
ejecutado.
Una mañana, tras un sueño intranquilo, Gregorio Samsa se despertó convertido en un monstruoso insecto. Estaba echado de espaldas sobre un duro caparazón y, al alzar la cabeza, vio su vientre convexo y oscuro, surcado por curvadas callosidades, sobre el que casi no se aguantaba la colcha, que estaba a punto de escurrirse hasta el suelo. Numerosas patas, penosamente delgadas en comparación con el grosor normal de sus piernas, se agitaban sin concierto. -¿Qué me ha ocurrido? No estaba soñando. Su habitación, una habitación
normal, aunque muy pequeña, tenía el aspecto habitual.
Sobre la mesa había desparramado un muestrario de paños
-Samsa era viajante de comercio-, y de la pared colgaba una estampa
recientemente recortada de una revista ilustrada y puesta en un marco
dorado. Gregorio miró hacia la ventana; estaba nublado, y sobre el cinc del alféizar repiqueteaban las gotas de lluvia, lo que le hizo sentir una gran melancolía. «Bueno -pensó-; ¿y si siguiese durmiendo
un rato y me olvidase de todas estas locuras?» Pero no era posible,
pues Gregorio tenía la costumbre de dormir sobre el lado derecho,
y su actual estado no le permitía adoptar tal postura. - ¡ Qué cansada es la profesión que he elegido! - se dijo-. Siempre de viaje. Las preocupaciones son mucho mayores cuando se trabaja fuera, por no hablar de las molestias propias de los viajes: estar pendiente de los enlaces de los trenes; la comida mala, irregular; relaciones que cambian constantemente, que nunca llegan a ser verdaderamente cordiales, y en las que no tienen cabida los sentimientos. ¡ Al diablo con todo! Sintió en el vientre una ligera picazón. Lentamente, se estiró sobre la espalda en dirección a la cabecera de la cama, para poder alzar. mejor la cabeza. Vio que el sitio que le picaba estaba cubierto de extraños puntitos blancos. Intentó rascarse con una pata; pero tuvo que retirarla inmediatamente, pues el roce le producía escalofríos. -Estoy atontado de tanto madrugar -se dijo-. No duermo
lo suficiente. Hay viajantes que viven mucho mejor. Cuando a media mañana
regreso a la fonda para anotar los pedidos, me los encuentro desayunando
cómodamente sentados. Volvió los ojos hacia el despertador, que tictaqueaba encima del baúl. -¡Dios mío! -exclamó para sí. Eran más de las seis y media, y las manecillas
seguían avanzando tranquilamente. Mientras pensaba atropelladamente, sin decidirse a levantarse, y justo en el momento en que el despertador daba las siete menos cuarto, llamaron a la puerta que estaba junto a la cabecera de la cama. -Gregorio -dijo la voz de su madre-, son las siete menos cuarto. ¿No tenias que ir de viaje? ¡Qué voz tan dulce! Gregorio se horrorizó al oír en cambio la suya propia, que era la de siempre, pero mezclada con un penoso y estridente silbido, en el cual las palabras, al principio claras, se confundían luego y sonaban de forma tal que uno no estaba seguro de haberlas oído. Gregorio hubiera querido dar una explicación detallada; pero, al oír su propia voz, se limitó a decir: -Sí, sí. Gracias, madre. Ya me levanto. A través de la puerta de madera, la transformación de la voz de Gregorio no debió de notarse, pues la madre se tranquilizó con esta respuesta y se retiró. Pero este breve diálogo reveló que Gregorio, contrariamente a lo que se creía, estaba todavía en casa. Llegó el padre a su vez y, golpeando ligeramente la puerta, llamó: -¡Gregorio! ¡Gregorio! ¿Qué
pasa? -Ya estoy bien -respondió Gregorio a ambos a un tiempo, esforzándose por pronunciar con claridad, y hablando con gran lentitud, para disimular el insólito sonido de su voz. El padre reanudó su desayuno, pero la hermana siguió susurrando: -Abre, Gregorio, por favor. Gregorio no tenía la menor intención de abrir, felicitándose, por el contrario, de la precaución -contraída en los viajes- de encerrarse en su cuarto por la noche, aun en su propia casa. Lo primero que tenía que hacer era levantarse tranquilamente,
arreglarse sin que le molestaran y, sobre todo, desayunar. Sólo
después de hecho todo esto pensaría en lo demás,
pues se daba cuenta de que en la cama no podía pensar con claridad. Apartar la colcha era cosa fácil. Le bastaría
con arquearse un poco y la colcha caería por sí sola.
Pero la dificultad estaba en la extraordinaria anchura de Gregorio.
Para incorporarse, podía haberse apoyado en brazos y manos; pero,
en su lugar, tenía ahora innumerables patas en constante agitación
y le era imposible controlarlas. «No es bueno haraganear en la cama», pensó Gregorio. Primero intentó sacar la parte inferior del cuerpo.
Pero dicha parte inferior -que no había visto todavía
y que, por tanto, no podía imaginar con exactitud resultó
sumamente difícil de mover. Inició la operación
muy lentamente. Pero cuando, después de realizar a la inversa los
mismos movimientos, en medio de grandes esfuerzos y jadeos, se halló
de nuevo en la misma posición y volvió a ver sus patas
moviéndose frenéticamente, comprendió que no podía
hacer otra cosa, y volvió a pensar que no debía seguir
en la cama y que lo más sensato era arriesgarlo todo, aunque
sólo tuviera una mínima posibilidad. «Las siete ya -pensó al oír de nuevo el despertador-. ¡Las siete ya, y todavía sigue la niebla!» Durante unos momentos permaneció echado, inmóvil y respirando lentamente, como si esperase que el silencio le devolviera a su estado normal. Pero, al poco rato, pensó: «Antes de que
den las siete y cuarto es indispensable que me haya levantado. Además,
seguramente vendrá alguien del almacén a preguntar por
mí, pues abren antes de las siete. » Se dispuso a salir
de la cama, balanceándose sobre su borde. Dejándose caer
de esta forma, la cabeza, que pensaba mantener firmemente erguida, probablemente
no sufriría daño ninguno. Ya estaba Gregorio con casi medio cuerpo fuera de la cama
(el nuevo método era como un juego, pues consistía simplemente
en balancearse hacia atrás), cuando cayó en la cuenta
de que todo sería muy sencillo si alguien viniese en su ayuda.
Con dos personas robustas (y pensaba en su padre y en la criada) bastaría. Había adelantado ya tanto, que un solo balanceo, algo más enérgico que los anteriores, bastaría para hacerle bascular sobre el borde de la cama. Además, pronto no le quedaría más remedio que decidirse, pues sólo faltaban cinco minutos para las siete y cuarto. En ese momento, llamaron a la puerta del piso. «Debe de ser alguien del almacén», pensó Gregorio, mientras sus patas se agitaban cada vez más rápidamente. Por un momento permaneció todo en silencio. <No abren», pensó entonces, aferrándose a tan descabellada esperanza. Pero, como no podía por menos de suceder, oyó aproximarse a la puerta las fuertes pisadas de la criada. Y la puerta se abrió. A Gregorio le bastó oír la primera palabra
del visitante para percatarse de quién era. Era el gerente en
persona. -Algo ha ocurrido ahí dentro -dijo el gerente en
la habitación de la izquierda. Gregorio intentó imaginar
que al gerente pudiera sucederle algún día lo mismo que
hoy a él, cosa ciertamente posible. -Gregorio, está aquí el gerente del almacén. -Ya lo sé -contestó Gregorio débilmente, sin atreverse a levantar la voz hasta el punto de hacerse oír por su hermana. -Gregorio -dijo por fin el padre desde la habitación contigua de la izquierda-, ha venido el señor gerente y pregunta por qué no tomaste el primer tren. No sabemos qué contestar. Además, desea hablar personalmente contigo. Conque haz el favor de abrir la puerta. El señor tendrá la bondad de disculpar el desorden del cuarto. -¡Buenos días, señor Samsa! -terció entonces amablemente el gerente. -No se encuentra bien -dijo la madre a este último
mientras el padre continuaba hablando junto a la puerta-. Está
enfermo, créame. ¿Cómo sino, iba a perder el tren?
Gregorio no piensa más que en el almacén. -Voy en seguida -dijo débilmente Gregorio, sin moverse para no perder palabra de la conversación. -Seguro que es como usted dice, señora -repuso el jefe-. Espero que no sea nada serio. Aunque, por otra parte, he de decir que nosotros, los comerciantes, tenemos que saber afrontar a menudo ligeras indisposiciones, anteponiendo a todo los negocios. -Bueno -preguntó el padre, impacientándose y volviendo a llamar a la puerta-; ¿puede entrar ya el señor? -No -respondió Gregorio. En la habitación de la izquierda se hizo un apenado silencio, y en la de la derecha comenzó a sollozar la hermana. ¿Por qué no iba ella a reunirse con los
demás? Claro, acababa de levantarse y ni siquiera habría
empezado a vestirse. -Señor Samsa -dijo, por fin, el gerente con voz
engolada-, ¿qué significa esto? Se ha atrincherado usted
en su cuarto y no contesta más que con monosílabos. Inquieta
usted inútilmente a sus padres y, dicho sea de paso, falta a
su obligación con el almacén de una manera inconcebible.
Le hablo en nombre de sus padres y de la empresa, y le ruego encarecidamente
que se explique enseguida y con claridad. -Ya voy -gritó Gregorio fuera de sí, olvidándose
en su excitación de todo lo demás-. Voy inmediatamente.
Una ligera indisposición me retenía en la cama. Estoy
todavía acostado. Pero ya me siento bien. Ahora mismo me levanto.
¡Un momento! Aún no me encuentro tan bien como creía. Mientras decía atropelladamente todo esto, Gregorio,
gracias a la habilidad adquirida en la cama, se acercó sin dificultad
al baúl e intentó enderezarse apoyándose en él. ¿Han entendido ustedes una sola palabra? -preguntó éste a los padres-. ¿No será que se hace el loco? Por el amor de Dios! - exclamó la madre llorando-. Tal vez se encuentre muy mal y nosotros le estamos mortificando. -Y seguidamente llamó-: ¡Grete! ¡Grete! ¿Qué quieres, madre? -contestó la hermana desde el otro lado de la habitación de Gregorio, a través de la cual hablaban. -Tienes que ir en seguida a buscar al médico; Gregorio está enfermo. Ve corriendo. ¿Has oído cómo hablaba? -Es una voz de animal -dijo el gerente, que hablaba en voz muy baja, en comparación con los gritos de la madre. ¡Ana! ¡Ana! -llamó el padre, volviéndose hacia la cocina a través del recibidor y dando palmadas-. Vaya inmediatamente a buscar a un cerrajero. Se oyó por el recibidor el rumor de las faldas de las dos jóvenes que salían corriendo (¿cómo se habría vestido tan deprisa la hermana?), y el ruido brusco de la puerta del piso al abrirse. Pero no se escuchó ningún portazo. Debían de haber dejado la puerta abierta, como suele suceder en las casas en donde ha ocurrido una desgracia. Gregorio, sin embargo, estaba mucho más tranquilo. Sus palabras resultaban ininteligibles, aunque a él le parecían muy claras, más claras que antes, sin duda porque ya se le iba acostumbrando el oído; pero lo importante era que ya se habían percatado los demás de que algo anormal le sucedía y se disponían a acudir en su ayuda. Se sintió aliviado por la prontitud y energía con que habían tomado las primeras medidas. Se sintió nuevamente incluido entre los seres humanos, y esperaba tanto del médico como del cerrajero acciones insólitas y maravillosas. A fin de poder intervenir lo más claramente posible en las conversaciones decisivas que se avecinaban, carraspeó ligeramente; lo hizo muy levemente, por temor a que también este ruido sonase a algo que no fuese una tos humana, pues ya no tenía seguridad de poder apreciarlo. Mientras tanto, en la habitación contigua reinaba un profundo silencio. Tal vez los padres, sentados a la mesa con el gerente, estuvieran hablando en voz baja. Tal vez permanecieran pegados a la puerta, escuchando. Gregorio se deslizó lentamente con la silla hacia la puerta; al llegar allí, soltó la silla, se dejó caer contra la puerta y se sostuvo en pie, pegado a ella por la viscosidad de sus patas. Descansó así un momento del esfuerzo realizado. Luego intentó hacer girar la llave con la boca. Por desgracia, no parecía tener dientes propiamente dichos. ¿ Con qué iba entonces a coger la llave? Pero, en cambio, sus mandíbulas eran muy fuertes y, gracias a ellas, pudo poner la llave en movimiento, sin reparar en el daño que seguramente se hacía, pues un líquido oscuro le salió de la boca, resbalando por la llave y goteando hasta el suelo. -Escuchen -dijo el gerente-; está girando la llave. Estas palabras alentaron mucho a Gregorio. Pero todos, el padre, la madre, deberían haberle gritado: «¡Adelante, Gregorio!» Sí, deberían haberle gritado: «¡Adelante! ¡Duro con la cerradura!» Imaginando la ansiedad con que todos seguirían sus esfuerzos, mordió con desesperación la llave, desfallecido. A medida que la llave giraba en la cerradura, Gregorio se bamboleaba en el aire, colgando por la boca, forcejeando, empujando la llave hacia abajo con todo el peso de su cuerpo. El sonido metálico de la cerradura al abrirse le volvió completamente en si. «Bueno -se dijo con un suspiro de alivio-; no ha sido necesario que viniera el cerrajero», y dio con la cabeza en el pestillo para acabar de abrir. Este modo de abrir la puerta fue la causa de que no le viesen inmediatamente. Gregorio tuvo que girar lentamente contra una de las hojas de la puerta, con gran cuidado para no caer de espaldas. Y aún estaba ocupado en llevar a cabo tan difícil operación, sin tiempo para pensar en otra cosa, cuando oyó una exclamación del gerente que sonó como el aullido del viento, y le vio, junto a la puerta, taparse la boca con la mano y retroceder lentamente, como empujado por una fuerza invisible. La madre -que, a pesar de la presencia del gerente, estaba
allí sin arreglar, con el pelo revuelto- miró a Gregorio,
juntando las manos, avanzó luego dos pasos hacia él, y
se desplomó por fin, en medio de sus faldas desplegadas a su
alrededor, con la cabeza caída sobre el pecho. Gregorio no llegó, pues, a salir de su habitación;
permaneció apoyado en la hoja de la puerta, mostrando sólo
la mitad superior del cuerpo, con la cabeza ladeada, contemplando a
los presentes. -Bueno -dijo Gregorio, convencido de ser el único
que había conservado la calma-. Enseguida me visto, recojo el
muestrario y me voy. Me dejaréis que salga de viaje, ¿verdad?
Ya ve usted, señor gerente, que no soy testarudo y que trabajo
con gusto. Pero, desde las primeras palabras de Gregorio, el gerente había dado media vuelta y le contemplaba por encima del hombro, con una mueca de repugnancia en el rostro. Mientras Gregorio hablaba, no permaneció un momento quieto. Se retiró hacia la puerta sin quitarle la vista de encima, muy lentamente, como si una fuerza misteriosa le retuviese allí. Llegó, por fin, al recibidor y dio los últimos pasos con tal rapidez que parecía que estuviera pisando brasas ardientes. Alargó el brazo derecho en dirección a la escalera, como si esperase encontrar allí milagrosamente la libertad. Gregorio comprendió que no debía permitir
que el gerente se marchara de aquel modo, pues si no su puesto en el
almacén estaba seriamente amenazado. No lo veían los padres
tan claro como él, porque, con el transcurso de los años,
habían llegado a pensar que la posición de Gregorio en
aquella empresa era inamovible; además, con la inquietud del
momento se habían olvidado de toda prudencia. -¡Madre! ¡Madre! -gimió Gregorio, mirándola
desde abajo. Finalmente, sin embargo, no tuvo más remedio que
volverse, pues advirtió contrariado que, caminando hacia atrás,
no podía controlar la dirección. Así que, sin dejar
de mirar angustiosamente hacia su padre, empezó a girar lo más
rápidamente que pudo, es decir, con extraordinaria lentitud. Las patitas de uno de los lados colgaban en el aire, mientras que las del otro quedaban dolorosamente oprimidas contra el suelo... En esto, el padre le dio por detrás un empujón enérgico y salvador, que lo lanzó dentro del cuarto, sangrando copiosamente. Luego, cerró la puerta con el bastón, y por fin volvió la calma. Hasta la noche no despertó Gregorio de un pesado
sueño, semejante a un desmayo. No habría tardado mucho
en espabilarse por sí solo, pues ya había descansado bastante,
pero le pareció que le despertaban unos pasos furtivos y el ruido
de la puerta del recibidor, que alguien cerraba suavemente. Al llegar a la puerta, comprendió que lo que le
había atraído era el olor de algo comestible. Encontró
una cazoleta llena de leche con azúcar, en la que flotaban trocitos
de pan. Estuvo a punto de reír de gozo, pues tenía aún
más hambre que por la mañana. Hundió la cabeza
en la leche casi hasta los ojos; pero enseguida la retiró contrariado,
pues no sólo la herida de su costado izquierdo le hacía
dificultosa la operación (para comer tenía que mover todo
el cuerpo), sino que, además, la leche, que hasta entonces había
sido su bebida predilecta -por eso, sin duda, la había puesto
allí su hermana-, no le gustó nada. Se apartó casi
con repugnancia de la cazoleta y se arrastró de nuevo hacia el
centro de la habitación.
Cuando Karl Rossman, un joven de dieciséis años a quien sus pobres padres habían mandado a América debido a que había sido seducido por una sirvienta que más tarde tuvo de él un hijo, arribaba al puerto de Nueva York a bordo de un vapor que había aminorado su marcha, vio de repente la Estatua de la Libertad que desde hacía rato observaba pero que ahora le parecía que se encontraba iluminada por un rayo de sol muy intenso. El brazo con su espada surgió como un movimiento renovado y en torno a su figura soplaron los aires libremente. -¡Qué alta! -dijo con admiración, y como no hacía intención de retirarse, la multitud creciente de los mozos de cuerda que pasaba junto a él fue desplazándolo poco a poco hasta la borda. Un muchacho con quien había entablado una breve relación a lo largo de la travesía le comentó al pasar: -Pero, ¿no tienes usted ganas de bajar? -Por supuesto que sí, ya estoy preparado -dijo Karl riéndose y mirándole- y pleno de alegría alzó su baúl cargándolo sobre un hombro, pues era un joven bastante fuerte. Al mismo tiempo que seguía con la vista a su conocido, que moviendo ligeramente su bastón se iba alejando con los demás se dio cuenta con tristeza que había olvidado su paraguas abajo, dentro del barco. Sin perder un instante, rogó a su compañero -quien no pareció alegrarse mucho- que aguardase un momento junto al baúl. Recorrió con una mirada el lugar para poder hallarlo fácilmente a su regreso y se alejó rápidamente...
Era una espléndida mañana primaveral de un domingo, George Bendenmann, joven comerciante, estaba sentado en su habitación sita en el primer piso de una de esas casas bajas y mal construidas que se levantaban a lo largo de la rivera, muy poco diferentes unas de otra en altura y color. Acababa de escribir una carta a un amigo de la infancia, que se encontraba en el extranjero. Mientras cerraba el sobre sin atención y apoyando los codos sobre el escritorio, su mirada se perdió en el río a través de la ventana contemplando el puente y la pálida vegetación de las colinas de la otra orilla. Pensaba en su amigo, que había años se había ido a Rusia disconforme con el futuro que su propio país le ofrecía. Ahora tenía un negocio en San Petersburgo que al principio había progresado bastante, pero que desde hacía tiempo parecía decaer según se deducía de las lamentos que su amigo, en sus visitas cada vez menos frecuentes, expresaba con insistencia. Por tanto, sus esfuerzos en el extranjero eran inútiles, la barba larga y extravagante no había logrado cambiar completamente su cara tan familiar desde la niñez, cuya coloración amarillenta parecía revelar alguna enfermedad latente....
Las gentes a las que yo pertenezco, las que incluso
encuentran repulsivo un topo corriente, hubieran muerto con seguridad
de repugnancia si hubieran visto el gigantesco topo que hace algunos
años fue visto en las cercanías de un pequeño
pueblo, que adquirió pronto efímera fama.
Blumfeld, un solterón, subía una noche
a su morada, lo cual era una tarea fatigosa, pues vivía en
el sexto piso. Mientras subía pensaba, como con frecuencia
lo había hecho en los últimos días, que aquella
vida absurdamente solitaria resultaba muy molesta, que tenía
que subir aquellos seis pisos con íntimo convencimiento para
llegar hasta arriba, a su cuarto vacío; allí otra vez
con íntimo convencimiento, ponerse la bata, encender la pipa,
leer alguna cosa en la revista francesa a la que estaba suscrito desde
hacia años, al mismo tiempo que saboreaba un licor de cerezas
preparado por él mismo, para finalmente, al cabo de una media
hora, irse a la cama, no sin antes haber tenido que rehacer íntegramente
el lecho, que la criada, rebelde a todo consejo, disponía siempre
de acuerdo con su humor.
En las últimas décadas, el interés
por los ayunadores ha decrecido muchísimo. Antes era un buen
negocio organizar grandes exhibiciones de este género como
espectáculo independiente, cosa que hoy en cambio, resultaría
imposible. Eran otros tiempos. Entonces, toda la ciudad estaba pendiente
del ayunador, crecía su interés a cada día de
ayuno, todos querían verlo siquiera una vez al día.
El extremo norte de la Muralla China ya está concluido. Dos secciones convergieron allí, del sureste y del suroeste. Ese sistema de construcción parcial fue aplicado también en menor escala por los dos grandes ejércitos de trabajadores, el oriental y el occidental. Este era el procedimiento: se formaban grupos de unos veinte trabajadores que tenían a su cargo una extensión cercana a los quinientos metros, mientras otros grupos edificaban un trozo de muralla de longitud igual que se encontraba con el primero. Una vez se producía la unión, no se seguía la construcción a partir de los mil metros edificados sino que los dos grupos de obreros eran destinados a otras regiones donde se repetía la operación. Naturalmente que con ese procedimiento quedaron grandes espacios abiertos que tardaron muchísimo en cerrarse, algunos lo fueron años después de proclamarse oficialmente que la muralla estaba terminada. Se afirma que hay espacios vacíos que nunca se edificaron, afirmación, sin embargo, que es tal vez una de las tantas leyendas que dio origen a la Muralla y que ningún hombre puede verificar con sus ojos, dada la magnitud de la obra... |
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Franz Kafka (1883-1924) (Su nombre, en checo, significa Cuervo), Nacido en Praga el 3 de julio, fue "un niño frágil pero sano" dijo una vez su madre. Nació en la casa (U veze) de la Torre número 27, en la propia línea que separaba el barrio judío y el alemán, mezcla de culturas que marcaran su vida y su obra. Hijo de Hermann Kafka, y de Julie Lowy, Franz fue el único
varón del matrimonio debido a que dos de sus hermanos murieron
a los pocos meses de haber nacido, las hermanas Elli, Valli y Ottla,
su preferida, fueron asesinadas por soldados nazis en un campo de concentración,
durante la segunda guerra mundial. De una relativamente acomodada familia de comerciantes,
pertenecientes la minoría judía de lengua alemana. Es
uno de los novelistas más importantes y leídos de la literatura
europea contempóranea. Perteneciente a una familia judía,
el autoritarismo de su padre va a condicional su vida y va a incidir
claramente ensu obra literaria, según él mismo, agobió
su existencia. (En Carta al padre, escrita en 1919). Kafka vivió con su familia la mayor parte de su existencia y no llegó a casarse, aunque estuvo prometido en dos ocasiones. Su difícil relación con Felice Bauer, una joven alemana a la que pretendió entre 1912 y 1917, puede ser analizada en Cartas a Felice (1967). A lo largo de su vida Franz Kafka -con excepción
de los últimos años afectado por la enfermedad- apenas
se alejó del radio de la Ciudad Vieja de Praga. La obra de Franz Kafka es una de las más importantes,
significativas e influyentes de la literatura moderna, asimismo es una
de las más controvertidas y difíciles de interpretar,
ya que está sujeta a múltiples disquisiciones dependiendo
de la posición e ideas del que la intenta desentrañar,
ya porque parte de los pensamientos de un hombre extraño, descontento
con su alrededor y muy marcado por el complejo de inferioridad que le
suponía la presencia de su dictatorial padre cuya máxima
ambición con la escritura era la erradicación y superación
de todos esos traumas que tanto le martirizaban. Sin duda sus trabajos están empapados de una atmósfera
opresiva, oscura, angustiosa, muchas veces irreal que termina atrapando
a sus personajes en un mundo autócrata e injusto, alienador del
individuo, un sujeto desplazado de una sociedad que no ofrece comprensión
sino manejo y laceramiento desde una perspectiva irracional que termina
por incrementar así su propia frustración vital. La soledad, el sentido del existencia, la inhumanidad, el desamparo, la moral, el aislamiento, la ansiedad, lo absurdo o el sufrimiento interno y externo son algunos de los asuntos temáticos que confluyen en la obra del escritor checo traspasados al papel con un estilo desnudo, fluido y sencillo. Kafka era un ser alegre, bromista, cordial y profundamente comunicativo, dueño de una vigorosa alegría de vivir y, por ello, enfrentó con poderosa fuerza interior las angustias de su difícil vida familiar. Muchos de los lectores de Kafka suponen que el individuo
encarnaba el abatimiento y la paranoia que pueblan la mayor parte de
sus escritos. Pero Brod, que lo conoció tanto como el que más,
nos afirma lo contrario. No son justos aquellos que le niegan momentos de alegría, diversión, risas, deseos y placer. Dentro de su particular estilo de vida las mujeres desempeñaron un papel muy importante, aunque complicadísimo, como claramente se desprende de su obra, donde llegamos a encontrar muchos perfiles eróticos. Sus amores fueron trágicos, con compromisos matrimoniales
que se cancelaron a última hora. Sus amores fueron concretos,
las mujeres que dejaron huella en su vida tuvieron nombre: Felice Bauer,
Grete Bloch, Julie Wohryzek, y las más conocidas Milena Jesenská
y Dora Dyamant Una revelde tuberculosis, que trató de superar primero junto al lago de Garda y después en Merano, hasta que en 1920 tuvo que internarse en el sanatorio de Kierling, cerca de Viena, donde murió finalmente el 3 de junio de 1924. En el momento de su muerte, Kafka estaba preparando "A
Hunger Artist" (1924), cuatro historias centradas en la inhabilidad
del artista tanto para negar como para aceptar los términos de
vida en la comunidad humana. Su obra, que nos ha llegado en contra de su voluntad expresa, pues ordenó a su íntimo amigo y consejero literario Max Brod que, a su muerte, quemara todos sus manuscritos, constituye una de las cumbres de la literatura alemana y se cuenta entre las más influyentes e innovadoras del siglo XX. La obra de Kafka peligró en dos oportunidades más. Primero bajo la bota de los soldados nazis que tenían la orden de destruir todo lo que fuese judío y después "la dictadura del proletariado" que apegada al materialismo dialéctico calificó a Kafka de autor metafísico sin mensaje alguno para el pueblo trabajador por lo que fue inscrito en la lista negra de los autores peligrosos para el régimen comunista. Un tanto irónico, o quizás curioso ha sido
el hecho de que la obra de Franz Kafka fuera publicada primero en francés
y no en alemán el idioma original. Intelectuales franceses como
por ejemplo Albert Camus, Jean Paul Sartre, André Breton y otros,
descubrieron la genialidad de Kafka y de su obra, por lo que buscaron
la difusión de la misma. Algunos han llegado a sugerir que se trató de un visionario, porque en la actualidad nadie narra mejor la sensación que las personas experimentan ante el mundo de nuestros días. Explicar el por qué la obra de Kafka resulta tan fuera de lo común es una tarea suamente comleja que requirirá todavía muchos estudios a cargo de varias generaciones de especialistas. Pero de seguro podemos decir sin temor a equivocarnos que la personalidad de Franz Kafka, descubierta a través de sus obras, es la de un escritor de características psicológicas excepcionales, que se movían entre la genialidad y la mayor inseguridad y temores infundidos imaginables. La realidad interna de Kafka supera toda fantasía. Simpática serpiente, por qué te quedas tan lejos, acércate, más cerca, ya basta, no sigas, quédate ahí. Oh, para ti no existen los límites. Cómo voy a mandar en ti si no sabes de límites. Será un trabajo duro. Empiezo pidiéndote que te enrosques y formes anillos. He dicho que te enrosques y tú te estiras toda. ¿Es que no me entiendes? No me entiendes. Y sin embargo hablo clarísimamente: ¡Que te enrosques! Nada, no lo comprendes. Bueno, te lo enseño con esta vara. Primero tienes que describir un gran círculo, luego en su interior y pegado a él, otro, y así sucesivamente. Si al final todavía tienes la cabecita levantada, la vas dejando caer poco a poco al compás de la melodía que tocaré después con la flauta, y cuando yo acabe la música, tú también has de estar inmóvil, con la cabeza metida en el último círculo. |
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