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GUERRA
DIEZ CLAVES SOBRE CHECHENIA
Carlos Taibo es profesor de Ciencia
Política en la Universidad Autónoma de Madrid y autor de El
conflicto de Chechenia...
04/09/2004:
Por Carlos Taibo
04-09-2004
- Sorprende la inferencia de que el presidente ruso, Putin, ha
sentido y siente profundo interés por las vidas de los rehenes,
que han padecido la indefendible acción desarrollada por un
comando presumiblemente checheno. Los numerosos hechos luctuosos
que se han desarrollado en los últimos años han operado, antes
bien, como oportunísima catapulta para el asentamiento del poder
de Putin. Así, han permitido perfilar políticas de honda matriz
represiva y han propiciado un visible cierre de filas de la
población, todo ello merced a la instrumentalización, en inmoral
provecho propio, de la tragedia chechena.
- Para muchos analistas se ha registrado en las últimas semanas
una incipiente mutación. El tratamiento mediático que el Kremlin
ofreció del derribo de dos aviones -poco propicio, inicialmente, a
reconocer un atentado y a atribuir éste a la resistencia chechena-
implicaba una visible novedad. En lo que atañe a la toma de
rehenes en Osetia del Norte, las autoridades rusas han pronunciado
pocas veces el adjetivo checheno, arrojando la responsabilidad de
los hechos sobre el terrorismo internacional. A la luz de tales
cambios parece razonable apuntar que el Kremlin se estaba
percatando de que una parte de la opinión pública rusa empezaba a
recelar de los modos y los proyectos de Putin, como recela de la
eficacia de los servicios de seguridad. Ojalá sea, efectivamente,
así.
- Nuestros medios de comunicación siguen siendo agentes de una
delicada distorsión informativa: sólo se habla de Chechenia cuando
se registra alguna acción de terror de la resistencia local. Ello
propicia el olvido de lo que ocurre en la propia Chechenia. Y es
que si el adjetivo terrorista conviene a los integrantes del
comando que ha actuado en Osetia del Norte, lo suyo es que nos
preguntemos por qué no echamos mano de la misma fórmula para
describir las acciones del Ejército ruso un poco más hacia el
este: Moscú ha defendido una política de tierra quemada, de tal
suerte que en los últimos diez años ningún recinto del planeta ha
experimentado un grado de destrucción, y una cifra porcentual de
muertos, equiparable. Para saber cómo se las gasta esta formidable
maquinaria de terror que es el Ejército ruso basta con echarla una
ojeada a los libros de Anna Politkóvskaya y a los sucesivos
informes de Amnistía Internacional.
- Uno de los elementos centrales de la estrategia
autolegitimatoria del Kremlin es el que identifica en toda la
resistencia chechena una unánime adhesión al terrorismo más
desbocado y al islamismo más violento. Semejante descripción es
una burda e interesada distorsión de la realidad. El presidente
checheno elegido en 1997, Masjádov, reflejo de las querencias
mayoritarias en el seno de la resistencia, se ha desmarcado
siempre de los hechos de terror protagonizados por grupos como el
encabezado por Basáyev. Identificar sin más a Masjádov con Basáyev
es un desafuero moral que tiene una consecuencia delicada: Putin
ha cancelado la perspectiva de que del otro lado emerja un
interlocutor político con el que se pueda
negociar.
- En lo que a la era de Putin respecta, el comportamiento de las
autoridades rusas hunde sus raíces en decisiones asumidas en la
segunda mitad de 1999: entonces el nuevo primer ministro se empeñó
en cancelar los efectos del acuerdo de paz sobre Chechenia
suscrito tres años antes. Al poco Putin dejó claro que el
propósito de la invasión rusa de octubre de 1999 no estribaba en
hacer frente a una amenaza terrorista, sino en restaurar la
integridad territorial de la Federación. Aunque Moscú adujo datos
innegables -el caos imperante en Chechenia, los atentados de
septiembre de 1999-, su apuesta por la resolución negociada del
conflicto fue siempre nula. Así, el Kremlin no cumplió con sus
compromisos económicos y la autoría de los atentados moscovitas
todavía hoy se discute. Entre tanto, la opinión de la población
chechena no tiene peso alguno a los ojos de Putin, quien considera
que Chechenia es, indisputablemente, Rusia.
- Sólo cabe calificar de farsa el proceso político alentado, los
dos últimos años, en Chechenia y asentado en la promulgación de
una Constitución, la concesión de una fantasmagórica autonomía y
el apuntalamiento de un gobierno servil. Un retrato cabal de ese
proyecto lo aportan las elecciones recientemente celebradas sin el
concurso de candidatos independentistas, con el derecho de voto
reconocido a los soldados rusos y sin observadores independientes.
La idea de que Putin pelea en Chechenia por la causa de la
democracia recuerda a la pareja superstición de que Bush hace lo
propio en el Irak de estas horas.
- Nadie sabe a ciencia cierta qué piensa el checheno de a pie.
Es lícito adelantar que la mayoría de los chechenos están hartos
de casi todo: de la guerrilla como del Ejército ruso. Dicho eso,
los datos se ordenan para concluir que, en condiciones de
libertad, el apoyo a una Chechenia independiente sería
mayoritario. Sorprende que quienes dicen defender la causa de la
democracia no presten mayor atención a este hecho. Agreguemos que
a Chechenia, un país de incorporación reciente a la trama imperial
ruso-soviética, le corresponde un relieve menor en la
configuración del imaginario nacional consiguiente, circunstancia
que, al menos sobre el papel, podría facilitar una salida
negociada.
- Si hay algo indignante en las reflexiones que los hechos de
estas horas suscitan, ese algo es la reaparición espectacular de
las abruptas simplificaciones a las que se entrega un discurso,
muy reaccionario, que ve al terrorismo internacional por todas
partes. De entre las muchas consecuencias negativas hay dos
singularmente delicadas. La primera habla de un formidable olvido
de las claves propias de los conflictos que jalonan el mundo: si
ya sabemos que Al Qaeda está por detrás de todos los males, para
qué reflexionar, entonces, sobre lo que ocurre en Chechenia. La
segunda la configura una franca aceptación del todo vale. Como
gustan de repetirlo los gobernantes rusos, con los terroristas no
se negocia: se les aniquila. Curiosa interpretación ésta de las
reglas del Estado de derecho.
- Es difícil separar el contencioso checheno de una trama, la
del Oriente Próximo y la cuenca del Caspio, en la que se aprecia
el aliento de una codiciosa política norteamericana encaminada a
controlar jugosas materias primas energéticas. La actitud de los
agentes regionales a buen seguro que mucho le debe a esa política.
Washington juega dos cartas en el Cáucaso: si la primera invita a
mantener una relación fluida con Rusia -con mutuos silencios ante
los desmanes respectivos-, la segunda implica despliegues
militares de cierta importancia, como el verificado en 2001 en
Georgia. Tras esta disputa entre lógicas imperiales, conviene
precisar que el relieve del petróleo para dar cuenta del conflicto
de Chechenia es hoy menor: si, por un lado, la riqueza energética
del país se vio esquilmada en la etapa soviética, por el otro la
política de conductos que abrazan Rusia y EE UU ha esquivado,
significativamente, el territorio checheno.
- No es más edificante la actitud asumida por las potencias
europeas. Desde el 11 de septiembre de 2001, sus responsables ya
no miran hacia otro lado cuando se habla de Chechenia: le dan
palmaditas en el hombro al presidente Putin. Semejante ejercicio
de doble moral, de acatamiento subrepticio del todo vale y de
silencio ostentoso ante los efectos del terror de Estado tiene que
producir escalofríos. La credibilidad de la Unión Europea está en
juego en estas horas, tanto más si opta, como acostumbra, por
primar los intereses sobre los
principios.
Solidaridad
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