Yitzhak Laor
London Review of Books vol 6 Nº 22
El día de la independencia de
Israel este año cayó el 27 de abril. Para su tarea escolar, mi hijo de nueve
años me tenía que preguntar sobre mi pasado militar. Antes de entregar la tarea,
su maestra invitó al padre de uno de los niños, un coronel de la Fuerza de
Defensa Israelí (IDF), para dar una charla en perfecto uniforme militar. Los
niños estaban fascinados. Ansiosos por hacer preguntas, más que nada querían
saber si tenía miedo, aunque también preguntaron si había matado al Sheikh Ahmed
Yassin, cuya foto y la de su silla de ruedas destruida fueron un hit en la
televisión israelí. El coronel dijo que fue otra unidad, no la suya, "pero
merecía morir", y prometió a los niños que "no matamos a menos que haya una
razón realmente buena". Terminó su charla diciendo a los niños que esperaba que
algún día ellos también tuvieran la oportunidad de convertirse en miembros
importantes de la IDF.
Nuestra vida empeora, la pobreza se expande, los
servicios de educación y salud se están deteriorando, la clase media se está
hundiendo, y somos gobernados por una junta cuyo dinero y poder han aumentado
hasta un punto que la gente se niega a creer, aún cuando se verifica en las
cifras. Un coronel de 45 años que se retira del ejército recibe una módica suma
cercana a los dos millones de dólares, además de una pensión de por vida y una
segunda carrera, usualmente como ejecutivo de una de las enormes corporaciones,
o en asuntos de armas.
Cuando el israelí promedio quiere explicar estos
privilegios, señala que "a lo largo de su carrera el coronel arriesgó su vida".
Pero eso ha sido un mito por al menos dos décadas. El coronel no ha estado
arriesgando su vida porque ya no hay un enemigo serio. Sólo existe el único
deseo palestino de vivir como una nación libre que es representado como una
amenaza existencial para el Estado de Israel en la forma de una campaña
terrorista. Pero no amenaza la existencia de Israel. Nunca lo hizo, pero de
seguro ayuda a los militares a montarse en la cresta de la ola de
pánico.
La verdadera lucha en la sociedad israelí hoy no es entre las
palomas y los halcones, sino entre la mayoría que toma por un hecho la imagen de
la IDF como defensa de nuestra nación, con o sin cuotas bíblicas, y la minoría
que ya no lo compra. Si el ejército hace algo malo es siempre una excepción
(harig, en hebreo). Los que creen que estamos luchando por nuestras vidas
también creen que hacemos lo posible para ser humanos, y más o menos lo
logramos. Este frágil complejo de axiomas depende o bien del optimismo ingenuo
("pronto se resolverá todo") o de imágenes. Los argumentos ya no
funcionan.
Las imágenes más efectivas son las de cuerpos desmembrados,
madres gritando y padres apenados. Pero eso es exactamente por qué el Servicio
de BBC World es considerado "hostil" aquí. No es por el Vanunu affair
[el asunto Vanunu], sino por las imágenes que muestra del sufrimiento diario al
otro lado del camino, a diez minutos de nuestros seguros hogares, nuestras
piscinas, nuestras vidas felices. Hasta la CNN fue considerada hostil mientras
se "comportó mal", trayéndonos fotos que contradecían la imagen básica de
nuestra existencia. Las atrocidades siempre se preparan en contra nuestro, y
cuanto más brutal se vuelve Israel, tanto más depende de nuestra imagen como la
eterna víctima. De aquí la importancia del holocausto desde fines de los ’80 (la
primera intifada), y su retorno a la literatura hebrea (See under: Love de David
Grossman). El holocausto es parte del imaginario de víctima, por esto la locura
por viajes escolares a Auschwitz subsidiados por el estado. Esto tiene menos que
ver con comprender el pasado que con reproducir un ambiente en el cual existimos
en el tenso presente como víctimas. Junto con eso viene el imaginario de
soldados saludables, hermosos y sensibles.
Este es el contexto, en el
cruce entre el movimiento "refusenik" en expansión (lentamente, y quizás
demasiado pequeño y demasiado tarde) y la desbordante desesperación, evidente en
una exhibición llamada "Rompiendo el Silencio" ("Shovrim Shtika") que abrió a
principio de junio en la Universidad de Tel Aviv: una exhibición de fotografías
tomadas en su mayoría por conscriptos anónimos en servicio en Hebrón. (Su
comandante de brigada era el coronel que dio la charla en la clase de mi hijo.)
Sesenta de las 90 fotos muestran aspectos del conflicto entre los palestinos y
los colonos, pero 30 muestran a los soldados en sus rutinas diarias, y la
rutina lo dice todo. De hecho, hacia fines de junio, la policía militar de la
IDF hizo una redada en la exhibición, "confiscando", como dijo Haaretz,
"una carpeta que contenía recortes de diarios sobre la exhibición, así como un
videocasete que incluía declaraciones hechas por 70 soldados sobre sus
experiencias en Hebrón".
Cuatro de los jóvenes que organizaron la
exhibición fueron interrogados. ¿Sobre qué fueron interrogados? Bueno, son
sospechosos de haber cometido los crímenes que documentan en su video: abuso de
palestinos, destrucción de la propiedad, etc.
De vez en cuando la oposición surge desde dentro del
monstruo. De ahí el movimiento Courage to Refuse [Coraje para Rehusarse], la
carta de septiembre pasado firmada por 27 pilotos que se rehusaban a atacar a la
población civil en los territorio ocupados, la carta en diciembre de una unidad
de comando de elite que se rehusó a pelear, y demás. Una sociedad que vive en el
pasado como si fuese el presente es vulnerable: el pasado/presente se convierte
en una espada de doble filo. Podrías ser demandado si llamaras a alguien "nazi"
aquí, pero uno lo oye seguido. Sería más apropiado comparar la brutalidad
israelí con la francesa en Argelia, o la británica en Sudán o Malasia, pero nos
resignamos a la noción de que nuestro pasado se transforma en nuestro
futuro.
La repulsión moral no es el único factor, sin embargo.
Los jóvenes que se unen al ejército quieren pelear en los tanques más
sofisticados, disparar con los cañones más atemorizantes, volar los flamantes
jets, operar los helicópteros Apache, conquistar las posiciones más fortificadas
del enemigo, saltar en paracaídas en las líneas enemigas. Luego, después de todo
su extremadamente difícil entrenamiento, después del sufrimiento y la ambición,
encuentran que no hay heroísmo, no hay gloria, no bucean como comando de la
marina bajo las aguas del Golfo Pérsico. En cambio, bombardean un edificio de
seis pisos en Gaza, hambrean a una ciudad, abusan de las mujeres en los puntos
de control, ven a Shin Bet torturar a los detenidos, traen más miseria a los
campos de refugiados.
Lo que el ejército de Israel (como el Estado de
Israel) necesitan reproducir en sus soldados es o bien simplemente el racismo
–eso es, la fe en "la naturaleza asesina de los árabes" - o una especie de
mesianismo religioso, ideología neo-nazi envuelta en judaísmo. Una de las fotos
de la exhibición muestra una parte de un graffiti de colonos en Hebrón que dice:
"los árabes a las cámaras de gas". Este tipo de discurso tiene
su debilidad: necesita soldados que luchen por ello. Hay muchos que no lo
harán.
Ahora mismo, los ex soldados que formaron parte de la
exhibición – cerró a principios del mes - están trabajando en lo que ellos
llaman una investigación periodística, a pesar de que parece que estuvieran
recolectando evidencia para alguna clase de juicio imaginario. La excepción
incrimina a un soldado individual; si puedes mostrar que es la regla incriminas
a los verdaderos criminales de la guerra, las cabezas de la IDF y del gobierno.
Estos ex soldados están haciendo contacto con conscriptos y reservistas de las
brigadas, juntando fotos, confesiones, testimonios para más exhibiciones. Lo que
nos están diciendo es de común conocimiento detrás de la colina, más allá de los
punto de control, en cada jardín de infantes palestino hecho pedazos. Lo están
haciendo porque todavía creen en alguna suerte de justicia israelí. La fe, me
temo, no tiene base en la realidad. Por el otro lado, ¿de qué otra manera puede
uno convertirse en un hombre decente, si no es creyendo en alguna suerte de
justicia, en alguna suerte de lugar en los cuales llegar a un acuerdo con el
poder? El Lugar es uno de los muchos nombres dados a Dios en
hebreo.
Primera semana, primera vez en el punto de control, en el pasaje
entre el área palestina y una calle a la que sólo pueden ir los judíos. Esos
tipos tienen que parar, hay una línea, luego te pasan sus identificaciones a
través de una reja, los controlas, y los dejas ir. Este tipo que estaba conmigo
grita: “Wagif! Alto!” El hombre no entendió y dio un paso más. Luego grita de
nuevo, “Waigf!” y el hombre se detiene. Entonces el soldado decide que porque el
tipo dio este paso extra sería detenido. Yo le dije: “Oye, ¿qué estás haciendo?”
Él me dijo. “No, no, no discutas, al menos no en frente de ellos. No voy a
confiar más en ti, no eres confiable”. Eventualmente vino uno de los comandantes
de la patrulla, y yo le dije: “¿Cuál es el problema, cuánto tiempo lo quieren
detener?” Él dijo: “Puedes hacer lo que quieras, lo que sientas que quieres
hacer. Si sientes que hay un problema con lo que él ha hecho, si sientes que hay
algo mal, aunque sea la más mínima cosa, lo puedes detener por el tiempo que
quieras”. Y luego comprendí, un hombre que ha estado en Hebrón una semana, no
tiene nada que ver con el rango, puede hacer lo que quiera. No hay reglas, todo
es permitido.
Otra cosa que recuerdo de Hebrón es el llamado
procedimiento “grass widow” –el nombre de una casa que el ejército toma y la
convierte en un puesto de observación, el hogar de una familia palestina, no de
una familia terrorista, simplemente una familia cuya casa servía de buen puesto
de observación. Estás en la casa de alguien, y todo está sucio con mierda, hay
cartuchos y vidrios en las escaleras, así puedes oír si se acerca alguien. Te
encuentras en un barrio palestino, en las casas de algunas familias, y es
totalmente surreal, porque allí estás, sentado en el living, escuchando si es
que viene gente a atacarte. Quedó comida, y había una TV, pero no se nos
permitía encenderla – utilizar su electricidad, eso sería demasiado - eso
sería considerado como una “mala ocupación”.
Era viernes a la noche, y la
compañía auxiliar, que estaba estacionada con nosotros en Harsina, eliminaron a
dos terroristas. La cena del viernes a la noche fue, por supuesto, un asunto muy
alegre, y toda la base estaba saltando. Cuando me iba de la cena, llegó una
ambulancia blindada con los cuerpos de los terroristas, y los dos cuerpos de los
terroristas eran sostenidos en posición horizontal por tres personas que estaban
posando para las fotos. Hasta yo me impacté con esta escena, cerré mis ojos para
no ver y me fui. Realmente no tenía ganas de ver los cadáveres de
terroristas.
Nuestro trabajo era parar a los palestinos en los puestos de
control y decirles que no podían pasar más por aquí. Quizás hace un mes podían,
pero ahora no. Por el otro lado había unas señoras mayores que tenían que pasar
para llegar a sus casas, así que les señalamos en dirección de la abertura por
la cual podían pasar sin que nos diéramos cuenta. Era una situación absurda.
Nuestros oficiales también sabían de estas aberturas. Ellos nos dijeron. A nadie
le importaba en realidad. Nos hacía preguntarnos qué estábamos haciendo en el
puesto de control. ¿Por qué estaba prohibido pasar? Era realmente una forma de
castigo colectivo. No puedes pasar porque no puedes. Si quieres cometer un
ataque terrorista, gira a la derecha allí y luego a la izquierda.
Estaba
avergonzado de mí mismo el día que me di cuenta de que simplemente disfrutaba de
sentir el poder. No solamente lo disfrutaba, lo necesitaba. Y luego, cuando de
repente alguien te dice que no, dices: ¿qué quieres decir con no? ¿de dónde
sacas las agallas para decirme que no? Olvida por un momento que pienso que
todos esos judíos están locos, y que en realidad quiero la paz y creo que
debemos dejar los territorios, ¿cómo te atreves a decirme que no? ¡Yo soy la
Ley! Una vez estaba en un puesto de control, uno temporal, un llamado punto de
control de estrangulamiento que bloquea la entrada a una ciudad. De un lado una
fila de autos esperando para salir, y del otro lado una fila de autos esperando
para entrar, una enorme fila, y de repente tienes una poderosa fuerza en la
punta de tus dedos. Me paro allí, señalando a alguien, gesticulando que haga
esto o aquello, y tú haces esto o aquello, los autos se encienden, se mueven
hacia mí, se detienen tras de mí. Sigue el otro auto, haces señas, se detiene.
Comienzas a jugar con ellos, como un juego de computadora. Tú ven aquí, tú ve
para allá, así. Casi ni te mueves, los haces obedecer la punta de tu dedo. Es un
sentimiento poderoso.
En una patrulla en Abu Sneina hacemos un puesto de
control donde detienes autos y los controlas. Detenemos a un tipo que conocemos,
que siempre está por aquí, no da problemas. Se hacen conexiones, aún cuando no
hablamos el mismo idioma y aún si es difícil de explicar. El comandante lo para.
“Tú tapa el frente. Tú tapa la parte de atrás.” Así que cubro el frente. El
comandante le dice: “Continúe, siga. Saque su gato.” El tipo sólo se para allí y
mira. No entiende lo que quieren. Entonces el comandante le grita que tiene que
sacar su gato y comenzar a sacar las ruedas. Yo estoy parado cerca de una pared
de roca y el tipo se acerca y saca una roca para poner debajo del auto, y luego
otra roca. En ese punto, el comandante se acerca a mí dice: “¿Esto te parece
humano?” Tiene una horrible sonrisa en su rostro. Es espantoso. No puedo hacer
nada. No tengo suficiente aire para decir nada. Me quito el casco y me apoyo en
la pared de roca, aún cubriendo el frente, y lloro.
Una vez un niño, un
chico de unos seis años, pasó al lado mío en mi puesto. Me dijo: “Soldado,
escucha, no te enojes, no trates de pararme, voy a salir a matar a algunos
árabes”. Miro al niño y no entiendo exactamente qué se supone que tengo que
hacer. Así que él dice. “Primero, primero voy a comprar un chupetín en Gotnik –
ese es su almacén - “luego voy a matar a algunos árabes.” No tenía nada que
decirle. Nada. Me quedé completamente en blanco. Y esa no es una cosa tan
simple, que una ciudad, que una experiencia así pueda silenciar a alguien que
era un educador, un consejero, que creía en la educación, que creía en hablar
con las personas, aún cuando sus opiniones fuesen diferentes. Pero no tenía nada
que decirle a un chico así. No hay nada que decirle.
La existencia misma
del punto de control es humillante. Yo cuido, o permito la existencia de 500
colonos judíos a expensa de 15.000 personas bajo una ocupación directa en el
área H2 y otras 140.000-160.000 en las áreas que de los alrededores de Hebrón.
No importa cuán agradable sea yo para ellos. Seguiré siendo su enemigo. Mientras
quieras mantener a estas 500 personas vivas en Hebrón y permitirles que lleven
adelante su existencia de manera razonable, tienes que destruir la existencia
razonable de todo el resto. No hay alternativa. Para la mayoría, estas son
consideraciones de seguridad reales. No son imaginarias. Si quieres proteger a
los colonos de que les disparen desde arriba, tienes que ocupar todas las
colinas a su alrededor. Hay gente que vive en esas colinas. Tienen que ser
sometidos, tienen que ser detenidos, a veces tienen que ser heridos. Pero
mientras el gobierno mantenga la decisión de que la colonia en Hebrón
permanecerá intacta, la crueldad está, y no importa si podemos actuar
amablemente o no.
Cuando queremos, elegimos una casa en el mapa, y vamos
a ella. “Jaysh, jaysh, iftah al bab" –“ejército, ejército, abra la puerta”- y
abren la puerta. Llevamos a todos los hombres a una habitación, a todas las
mujeres a otra, y los ponemos bajo custodia. El resto de las unidades hacen lo
que quieren, excepto destruir el equipo –no hace falta decirlo- y no puedes usar
nada: tenemos que causar el menor daño posible a las personas, el menor daño
físico posible. Si trato de imaginarme la situación inversa: si hubieran entrado
en mi casa, no una fuerza policial con un garante, sino una unidad de soldados,
si hubieron entrado a la fuerza en mi casa, empujado a mi madre y a mi hermana a
mi habitación, y forzado a mi padre y a mi hermano menor y a mí a quedarnos en
el living, apuntándonos con sus armas, riendo, sonriendo, y a veces sin entender
lo que decían los soldados mientras vaciaban los cajones y revisaban todo. Ups
se cayó, se rompió –todo tipo de fotos, de mi abuela y abuelo, todo tipo de
cosas sentimentales que no quisieras que nadie más viera. No hay justificación
para esto. Si hay una sospecha de que un terrorista ha entrado en una casa, así
sea. Pero simplemente entrar en una casa, cualquier casa: aquí elegí una, mira
qué divertido. Entramos, la revisamos, causamos un poco de injusticia,
reafirmamos nuestra presencia militar y luego nos vamos.
Hay una conexión
muy clara y poderosa entre cuánto tiempo de servicio tienes en los territorios y
cuán mal estás de la cabeza. Si alguien está en los territorios medio año, es un
principiante, no lo dejan ir a los lugares interesantes, cumple tareas de
vigilancia, todo lo que hace es simplemente volverse más y más amargo, enojado.
Mientras más mierda come, de los judíos y los árabes y el ejército y el estado,
a eso le llaman insensibilidad pero yo no, porque servir en los territorios no
se trata de insensibilidad, es un estado de excitación, una especie de
excitación negativa: siempre estás cansado, siempre tienes hambre, siempre
tienes que ir al baño, siempre tienes miedo de morir, siempre estás ansioso por
atrapar a un terrorista. Es una vida sin descanso. Aún cuando duermes, no te
sientes bien. No recuerdo haber dormido bien ni una vez en Hebrón. Simplemente
es una experiencia que no debería pasar ningún ser humano. Te hace mal a la
cabeza. Es la experiencia de un animal de caza, un animal que caza, de un
animal, lo que sea.
Cuando estuve en servicio en Hebrón, por primera vez
en mi vida me sentí diferente por ser judío. No puedo explicarlo. Pero la Tumba
de los Patriarcas, la ciudad ancestral, me hicieron algo. No sé si estaba
defendiendo al estado de Israel, pero estaba defendiendo a los judíos que eran
parte del estado, y en la ciudad donde la controversia es diferente a la de
otras ciudades árabes. Era la ruta de los peregrinos. Un día, de la oscuridad,
un grupo de unas seis mujeres judías con unas seis o siete niñas simplemente
empezaron a corretear, comenzaron al golpear pesebres y darlos vuelta, y a
escupir a los árabes y a los ancianos. Una de las mujeres tomó una piedra y
rompió en pedazos la ventana de una peluquería. Sale un hombre, y me encuentro
yo, por un lado, tratando de quitarle la piedra, y por otro lado, defendiéndola,
para que no la muelan a golpes. Así que por un lado te dices a ti mismo, mierda,
se supone que tengo que cuidar a los judíos que están aquí. Pero estos judíos no
se comportan con la misma moralidad o valores con los que me criaron. Si son
capaces de escribir en las puertas de los árabes “Fuera Árabes” o “Muerte a los
Árabes”, y dibujar una Estrella de David, que para mí es una esvástica cuando la
dibujan así, entonces de alguna manera el término “Judío” ha cambiado un poco
para mí.
Una vez estaba en Hebrón, cuando de un portal cercano a nuestro
puesto que lleva al Kasbah, y al cual está prohibido entrar o salir, vino un
hombre de unos cincuenta o sesenta años con unas mujeres y niños. Caminas hacia
él y dices en árabe: “Pare, hay toque de queda, vaya a casa”. Y comienza a
discutir contigo. Y se envalentona, como cree que al final pasará. No está
tratando de escabullirse, realmente cree que está en su derecho. Y eso te
confunde. Recuerdas que en realidad te gustaría dejarlo pasar, pero se supone
que no lo deberías dejar pasar, y cómo se atreve a pararse en frente tuyo...
Finalmente la patrulla aparece, y de una discusión entre dos soldados y diez
personas, se convierte en una discusión entre diez soldados y diez personas, con
un oficial que, naturalmente, tiene menos inclinación a contenerse. Se empuñan
armas, apuntan, no directamente hacia él sino a sus piernas. “Váyase de aquí, ya
basta de hablar!” Yo estaba más cerca de él, como a uno o dos metros. Estaba
bien vestido, con un traje y un kaffiyeh, se veía realmente respetable. Y yo
estaba parado allí con mi arma, cerca de mi pecho, tratando de defenderme,
protegerme. Tenía miedo de que intentara algo. Y la atmósfera estaba cargada,
más de lo usual. Luego se golpea el pecho, y sus dos puños están cerrados. Mi
dedo se mueve hacia el seguro del arma, y luego veo que sus ojos están llenos de
lágrimas, y dice algo en árabe, se da vuelta, y se va. Y su clan lo sigue. No
estoy exactamente seguro por qué este incidente está grabado en mi memoria entre
todas las veces que le dije a la gente que se fuera cuando había toque de queda,
pero había algo tan noble en él, y me sentí como la escoria del mundo. Como,
¿qué estoy haciendo aquí?
Esa mañana, un grupo bastante grande llegó a
Hebrón, unos 15 judíos de Francia. Eran todos judíos religiosos. Estaban de buen
humor, realmente la estaban pasando bien, y me pasé todo mi turno siguiendo a
esta pandilla de judíos y tratando de evitar que destruyeran la ciudad. Sólo
dieron vueltas, levantando cada piedra que veían, y arrojándola a las ventanas
árabes, y destrozando los que se les cruzara. Esta no es una historia de horror:
no atraparon a ningún árabe y lo mataron ni nada de eso, pero lo que me molestó
es que quizás alguien les dijo que hay un lugar en el mundo en el que los judíos
pueden descargar toda su ira contra los árabes, y simplemente hacer cualquier
cosa. Venir a las ciudades palestinas, y hacer lo que quieran, y los soldados
siempre estarán allí para protegerlo. Porque ese era mi trabajo, protegerlos y
asegurar que no les pasara nada.
24/7/2004
*
Yitzhak Laor es un novelista que vive en Tel Aviv
Traductor:
Victoria Rouge-especial para Panorama Internacional