La guerra de Sharon contra Arafat

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La segunda Intifada estallaba el 28 de septiembre de 2000. Era la respuesta a la sangrienta represión israelí de las protestas palestinas por la visita de Ariel Sharon a la Explanada de las Mezquitas de Jerusalem. Desde entonces, un millar de palestinos y tres centenares largos de israelíes han muerto, víctimas de los atentados y las represalias. El triunfo de Sharon en las elecciones del 6 de febrero de 2001 ha jugado un papel decisivo en la espiral de la violencia que se ha vivido entre israelíes y palestinos en el último año y medio. Este representante del ala más dura del Likud -la coalición de la derecha israelí- no ha cejado en las provocaciones desde aquella visita a la Explanada de las Mezquitas. Provocaciones a las que los grupos radicales palestinos han respondido con una serie de atentados contra la población israelí que Sharon ha sabido aprovechar para construir la imagen de un Yasir Arafat cómplice del terrorismo. El atentado que costó la vida al ministro israelí
de Turismo, Rahavam Zeevi, el 17 de octubre, marcó un hito en
la crisis más grave desde la firma de los Acuerdos de Oslo, el
13 de diciembre de 1993. Aprovechando la guerra total contra el terrorismo
que, tras los atentados del 11-S en Estados Unidos, había declarado
el presidente George W. Bush, Ariel Sharon inició su guerra particular
contra Arafat. En diciembre, el Gobierno israelí rompía todos los contactos con la Autoridad Nacional Palestina y confinaba a Arafat en Ramala. La preocupación internacional por las verdaderas intenciones de Sharon en relación con el líder palestino va en aumento tras unas declaraciones del primer ministro israelí en las que éste lamenta la promesa de respetar la vida de Arafat que hizo a las autoridades estadounidense al llegar al poder. Todo ello en el momento en el que la Cumbre de países árabes celebrada en Beirut el pasado 28 de marzo ofrecía un plan de paz para Oriente Próximo, tan bien recibido por EEUU y la ONU como radicalmente rechazado por Sharon. Una Cumbre a la que, por cierto, las autoridades israelíes no permitieron asistir a Arafat. Desde ese momento, el cerco en torno al presidente de la ANP se ha ido estrechando con el objetivo de forzar su exilio. Este panorama de ofensiva total israelí contra la precaria autonomía palestina en Cisjordania y Gaza se ha beneficiado del abandono por parte de la administración Bush del papel de gendarme que tradicionalmente ha representado Washington en Oriente Próximo. A pesar del agravamiento de la situación, hasta el 4 de abril último no ha habido un mensaje claro del presidente Bush a las autoridades israelíes sobre la necesidad de respetar el statu quo sentado por los Acuerdos de Oslo. Lo que aún está por ver es si un Ariel Sharon en pie de guerra está dispuesto a tomarse en serio las indicaciones del más poderoso aliado del Estado de Israel. |
GERARDO GONZÁLEZ
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